FRAGMENTOS

29/7/17

“He pasado por esa misma confusión; cuando algo tan básico como el alimento, tan primario como la identidad, cede y las reglas estables de bueno y malo, de yo y los otros se derrumban, llega a ser tan intensa como el terror. Quizás, después de ver algunos de los gráficos que presento aquí te sientas impulsada a reforzar tus reglas. Conozco ese impulso, que a veces llega a la desesperación, y sé que es una reacción muy humana. Pero si buscamos la verdad tenemos que estar dispuestos a aceptar la posibilidad de que somos ignorantes, y de que hasta podemos estar equivocados. Debemos aceptar la confusión y estar dispuestos a reconocer que hay mucho que no sabemos. Como cultura, hemos perdido los puntos de referencia que son las formas de vida tradicionales y sus alimentos. Las corporaciones comenzaron a apoderarse del ciclo alimentario a partir de la década de 1920, en un proceso que se completó hace una generación. Tenemos muy poca información, y los expertos con que nuestra cultura pretende suplantar la sabiduría tienen muy poco para ofrecer. Si reconocemos que el camino es difícil avanzaremos con más facilidad.”

27/7/17

“Si quieres indagar más a fondo en la investigación, si necesitas más información para sentir que pisas terreno firme antes de lanzarte a una decisión tan seria como una transformación profunda de tu dieta, te sugiero los siguientes lineamientos orientativos.
1. Los estudios epidemiológicos tienen una utilidad limitada, ya que la interminable cantidad de variables que incluyen no puede ser controlada.
2. Si recurres a ellos, cuida de no identificar correlación con causalidad.
3. Los estudios controlados son más confiables, pero léelos con atención. No te creas las frases atrapantes de los titulares de Yahoo! Noticias. Y no confíes en las conclusiones sin leer el estudio completo. A menudo, los investigadores tergiversan o escatiman datos en su afán por demostrar sus puntos de vista. Verifica si cada variable -a excepción de aquella que está siendo puesta a prueba- se mantiene constante. Y sigue al dinero. Ten especial cautela frente a los estudios financiados por laboratorios farmacéuticos.
4. Nunca te fíes de un único estudio, por atractivo que parezca o por mucho que te agraden sus conclusiones. Recuerda el principio básico de la ciencia: para que los resultados sean válidos, deben ser reproducibles.
5. Ten en cuenta las palabras de Jessica Prentice, autora de Full Moon Feast (Festín de la Luna Llena): “aunque en las librerías encontrarás muchos consejos acerca de cómo ser saludable o delgada, o ambas cosas, y aunque los medios nos dicen en forma constante qué alimentos nos hacen bien y cuáles no, he encontrado que muy poco de lo que se dice acerca de la comida en los Estados Unidos de hoy me sirve de algo. Este exceso de información no me ayuda a comer bien. De hecho, me confunde y perjudica”.59″

25/6/17

“Pero a los chicos grandes de la Asociación Americana del Corazón, la USDA y Pfizer les gusta su villano mano de gancho. Aunque está información está disponible desde hace cuarenta años, y muchos doctores e investigadores han denunciado a la Hipótesis Lípida como un fraude durante ese período, la ortodoxia aún habla de la “ecuación Keys” como “la manera más precisa de predecir los efectos de la dieta en los niveles de colesterol en sangre de individuos y poblaciones, y por ende su riesgo de enfermedad cardíaca coronaria”.58 Es evidente que a nosotros nos corresponde la tarea de dilucidar cuál es la verdad acerca de dieta y salud, grasa y corazón, causa y efecto.
La ECC es responsable de una vasta cantidad de muertes e invalideces en los Estados Unidos. Espero que la evidencia -en particular la visual- presentada hasta ahora sea convincente, lo suficiente como para ser liberadora. Tira a la basura esa nauseabunda margarina de canola, esa intomable leche descremada, esos inacabables extrusados de soja sin grasa cuyo único sabor es un rancio regusto que te empeñas en ignorar. Tu cuerpo -tu cerebro, tus huesos, tu corazón- tiene hambre y en algún lugar de tu interior sabes que tiene razón. No tienes nada que perder; solo te desharás de un castigo.”

26/8/16

“Keys solo utilizó las cifras que respaldaban su punto de vista. Tenía datos nutricionales de veintidós países, pero utilizó únicamente los que le gustaron. La figura 4D restaura todos los datos que excluyó. Verás como su hipótesis es rebatida de manera flagrante por datos que tenía -y que ignoró de manera voluntaria. Otro investigador, el doctor George Mann, descubrió que Keys también pasó por alto a los países que correlacionaban la falta de ejercicio con la ECC.56 Incluso en sus propios términos, el estudio de Keys era un desastre porque forzó sus datos tanto como le fue posible.
El doctor Malcolm Kendrick armó un gráfico similar (figura 4E) utilizando datos actualizados del proyecto MONICA de la Organización Mundial de la Salud (OMS). MONICA es una abreviación de “Monitor trends in Cardiovacular Diseases” (tendencias de monitoreo para las enfermedades cardiovasculares). Fue la investigación más vasta que nunca se haya hecho sobre ECC y dieta: incluía datos nutricionales de veintidós países y diez millones de personas tomados a lo largo de un período de diez años.
¿Los resultados? Ninguna correlación entre niveles de colesterol, ingesta de grasas y mortalidad cardiovascular.
Kendrick también nota que si Keys hubiese escogido a Alemania, Suiza, Francia y Suecia en lugar de Grecia, la ex Yugoslavia, Estados Unidos y Japón, Keys habría “demostrado” la correlación opuesta, “a saber, que cuanta más grasa saturada y colesterol se consumen, más bajo es el riesgo de ECC”.57

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1/8/16

“Como cultura, somos niños sentados en torno a la hoguera de un campamento, escuchando los cuentos terroríficos de los chicos mayores: la Asociación Americana del Corazón y la USDA. Nos cuentan de un monstruo que se fugó del manicomio…lo llaman Colesterol y tiene un gancho en vez de mano…los adultos andan por ahí dando vueltas y nos dicen que nada de eso es cierto, que no hagamos caso. Pero ¿los escuchamos?
Uno de esos chicos mayores fue Ancel Keys, quien compiló el famoso Estudio de los Seis Países. La figura 4A nos muestra lo que nos quiso comunicar.
Este “estudio” es absurdo por dos razones. Para comprenderlas, necesitas la educación científica básica que el sistema público de instrucción nunca te suministró. El propósito esencial de cualquier experimento es verificar una hipótesis. ello se logra eliminando tantas variables como sea posible. Con evidencias epidemiológicas como las del estudio Keys, ello es imposible. Por eso, los estudios epidemiológicos solo pueden demostrar correlaciones. No pueden demostrar causalidad. Pueden sugerir pautas intrigantes a ser exploradas, pero si todas las variables no están controladas y todos los resultados no son reproducibles, no se pueden sacar conclusiones. La clase de comparación entre países que llevó a cabo Keys es “comparar manzanas con naranjas -es decir, equiparar países de medios culturales, sociales, políticos, y físicos muy distintos”.52 Sería ridículo pretender alcanzar conclusiones en base a una cantidad de datos prácticamente infinita.”

Foto de El Mito Vegetariano.

13/7/16

“El colesterol tiene una propiedad especial que desempeña un papel esencial en los cuerpos de los animales: no se disuelve en agua. Nuestro ambiente interno es líquido. Es por ello que las membranas celulares deben ser estables en lo estructural. Sin colesterol seríamos charcos, no animales. Además, las membranas celulares deben ser impermeables. Ello es particularmente necesario para las células del sistema nervioso, incluyendo al cerebro, y es por eso que allí encontrarás más colesterol que en ninguna otra parte del cuerpo.
El colesterol también es la sustancia reparadora básica del cuerpo. En particular, la integridad de las paredes intestinales depende de él. Y el colesterol tiene propiedades antioxidantes que mantienen a raya a los radicales libres, causantes del cáncer. Para finalizar: todas tus hormonas, incluidas las sexuales, están hechas de colesterol.
¿Te parece algo muy malo?”

5/7/16

“Esta sustancia buena pero desprestigiada es necesaria para formar cada una de las células de tu cuerpo, sobre todo aquellas que te hacen humano. Técnicamente, el colesterol es un esterol, no una grasa. Una de las funciones principales de tu hígado es producir colesterol. No es que tu hígado quiera matarte, lo hace porque la vida no es posible sin colesterol. Bajos niveles de colesterol bien pueden llevar a la muerte. El incremento de la mortalidad debido al colesterol bajo es lo suficientemente serio como para que el Instituto Nacional del Corazón, Pulmón y Sangre, dependiente de los Institutos Nacionales de Salud haya organizado una conferencia para exponer los hallazgos de distintos investigadores del tema. 48 “Se presentó evidencia de una multitud de fuentes que vinculaba los bajos niveles de colesterol al aumento de diversos cánceres, accidente vascular, trastornos respiratorio y digestivos y muerte violenta”, resume Colpo. 49 En Francia, un estudio de 6000 hombres de más de diecisiete años mostró que aquellos con bajo colesterol eran los que tenían más riesgo de cáncer. 50 ¿Y qué decir de aquellos pacientes que sufrieron ataques cardíacos cuyo riesgo de muerte se duplicaba cuando tenían bajos niveles de colesterol? 51 Hay mucho más, pero nada de ello tendrá sentido hasta que entiendas que el colesterol es una sustancia que hace posible la vida, no un asesino escondido en tu sangre.”

3/7/16

“Recuerda que el 80% del colesterol de tu sangre fue elaborado por tu cuerpo. Solo el 20% se origina en tus elecciones alimentarias. Tu cuerpo sabe cuál debe ser tu nivel de colesterol. Puede que a veces sea engañado -por la insulina, por ejemplo- pero ajustará su producción basándose en lo que ingieras. Si comes más colesterol, producirá menos. Un metaanálisis de ciento sesenta y siete -repito: ciento-sesenta-y-siete- experimentos respecto a la administración de colesterol por vía alimentaria concluyó que los efectos del aumento del colesterol dietario sobre el colesterol en sangre son insignificantes, y que no tienen relación alguna con la enfermedad cardíaca coronaria (ECC).47
Antes de que prosigamos ¿tienes siquiera idea de qué es el colesterol?

4/6/16

“Sí, todo comenzó cuando unos investigadores alimentaron a unos conejos con colesterol y proteínas: sus niveles sanguíneos de colesterol se dispararon, alcanzando magnitudes nunca vistas en seres humanos. El colesterol estaba en las arterias de los conejos; pero producía una lesión distinta a las que ocurren en los humanos. Además, jamás se desarrollaron placas significativas en sus vasos sanguíneos. Lo que ocurrió fue que el colesterol se acumuló en sus órganos, lo que resultó en acumulaciones grasas en sus riñones e hígados, decoloración de los ojos y alopesía. Estos conejos alimentados a la fuerza no murieron de enfermedad coronaria: murieron de hambre, pues se volvieron inapetentes. Lo cual es de esperar si tomas a un herbívoro diseñado para digerir celulosa y lo atiborras de grasa y proteína.
Esta adivinación mediante entrañas también se practicó con “pollos, conejillos de indias, palomas, loros, cabras, ratas y ratones” con resultados similares.44
Cuando estos experimentos se hacen sobre carnívoros -gatos, perros, zorros- no se produce daño alguno. En los perros, el suministro de colesterol no producía efecto alguno, a no ser que a los pobres animales se les suprimiera la tiroides por medios mecánicos o químicos.45
Dice Anthony Colpo: “Al parecer, los animales carnívoros metabolizaban con facilidad altas cantidades de colesterol; mientras que es posible que los animales herbívoros no estén equipados para metabolizar altas cantidades de colesterol dietario o grasa animal, que no se encuentran en los alimentos de origen vegetal”.46
Eh…¿me parece a mi o es una obviedad?”

28/5/16

“El colesterol es, por supuesto, el bastión donde los vegetarianos montan su defensa más encarnizada. La Hipótesis Lípida -la teoría de que la grasa ingerida produce enfermedad cardíaca- es la tabla de la ley que los Profetas de la Nutrición nos trajeron de la cima de la montaña. Nos han mostrado el camino único y verdadero: que el colesterol es le demonio de nuestra era, la Peste Negra dietaria, el castigo de un Dios airado para aquellos pecadores que se han internado en el Valle de los Productos de Origen Animal y sus enfermedades. Al menso esto es lo que declararon los sacerdotes de la Hipótesis Lípida después de estudiar las entrañas de…..conejos.
¿Conejos?”

17/7/15

“Durante catorce años me sentí enferma, nauseosa e hinchada. Todo lo que comía se comía se volvía una bola de bowling alojada en mi estómago. Y cuando digo catorce años, quiero decir catorce años ininterrumpidos. Solo me sentía aliviada si dejaba de comer durante 48 horas. Ningún doctor me dio un diagnóstico correcto ni me ayudó en nada…..hasta que di con uno que trabajaba con veganos en recuperación. Tres meses de clorhidrato de betaína, una forma de ácido clorhídrico, y mi náusea desapareció. ¿Se me permite decir que fue un milagro? Se que en la escala de horrores global, mi estómago es menos que un punto microscópico; pero punto microscópico o no, mi estómago es mío, y esa sensación constante de hinchazón y náusea era terrible.
Así que aquí van unas preguntas para ustedes, vegetarianos. ¿Te sientes mal después de comer? Para ser precisos: ¿sientes que tu estómago se hincha, distiende o que tarda mucho en vaciarse? No se trata de un grupo sanguíneo, ni de que estés naturalmente diseñado para comer poco -dos explicaciones que he oído decir muchas veces a vegetarianos aquejados de misteriosas dolencias estomacales. Si no puedes comer el alimento que tu cuerpo necesita es porque has estropeado tu digestión a fuerza de demasiadas subas y bajas de azúcar y demasiada adrenalina. Se puede arreglar, pero necesitarás comer verdaderas proteínas y grasas, no azúcar. Deberás reservar la adrenalina para las emergencias. Creo que podemos estar de acuerdo en que desayunar no es una emergencia ¿verdad?.”

15/7/15

“El glucógeno es la hormona que le hace de contrapeso a la insulina. Cuando tus niveles de azúcar en sangre están en caída libre y a punto de estrellarse, el glucógeno se encarga de hacerlos subir otra vez. Lo hace estimulando al cuerpo a quemar sus reservas de energía; tiene ayudantes: adrenalina y cortisol son parte del proceso. Recuerda que un nivel de azúcar que sobrepase o esté por debajo de un rango precisamente delimitado es una emergencia que amenaza la vida, y requiere de medidas de urgencia. La adrenalina te prepara para pelear o escapar. Fuerza a la energía almacenada a volverse disponible y eleva tu metabolismo muscular para disponerte para la acción. Uno de los modos en que libera más energía para tus músculos es interrumpiendo el proceso digestivo. La presencia de adrenalina suprime la secreción de ácido clorhídrico en el estómago.
Ello no viene mal en la eventualidad de que te ataque un tigre dientes de sable, pero comer una dieta alta en carbohidratos equivale a ser atacado por un tigre tres veces al día. Puedes dañar la capacidad de tu estómago para producir ácido clorhídrico; cualquiera que tenga problemas de azúcar en sangre está en riesgo. La condición resultante se denomina gastroparesia y yo me la produje. En palabras del doctor Tom Cowan:
“Una de las claves para el tratamiento de la gastroparesia es le hecho de que habitualmente ocurre en diabéticos o hipotiroideos. La regulación del contenido de azúcar de la sangre está íntimamente ligada al funcionamiento del estómago y la salud de los nervios. Dietas muy bajas en carbohidratos han sido empleadas con éxito para tratar prácticamente todos los problemas estomacales, pues se ha descubierto que la insulina está íntimamente ligada a la producción de ácido, la presión sobre el esfínter esófago-gástrico y el control hormonal de las demás funciones estomacales. Bajar los niveles de insulina mediante una dieta baja en carbohidratos….es el primer paso para tratar este mal.”43”.

13/1/15

“Los doctores Eades explican:
“Desde el momento en que nacemos, año tras año, el daño producido por el proceso de caramelización se acumula en nuestros cuerpos; a lo largo de la vida, sus estragos más graves se manifiestan en las proteínas longevas, como la elastina, que le da la elasticidad de la juventud a nuestra piel, el cristalino, proteína especializada que forma la lente de nuestros ojos, el ADN, la marca de origen genético presente en todas las células, y el colágeno, proteína estructural que concentra en 30% de la masa proteica del cuerpo, presente en una variedad de tejidos, entre ellos los de pelo, piel y uñas, paredes de arterias y venas y en la base estructural de huesos y órganos. Que estas proteínas cruciales sean dañadas resulta en problemas cosméticos como arrugas y manchas de edad, pero también en graves enfermedades, desde cataratas a falla de órganos principales, como riñones y corazón.42″
Y eso solo por ingerir azúcar. El exceso de insulina que produce ese consumo no hace más que agravar las cosas: la insulina acelera la tasa de oxidación de las partículas LDL. Y en una dieta basada en carbohidratos, hay mucho azúcar para hacer daño y ese azúcar requiere de insulina que hace aún más daño. Una vez alterado, el LDL, se dirige a las paredes arteriales. Allí desencadena una reacción inmunológica. Los macrófagos, defensores del cuerpo, atacan al LDL y lo despedazan, produciendo inflamación y fragmentos sueltos del colesterol vencido. Esos fragmentos son biodisponibles, y el cuerpo los empleará en la formación de placa.
La insulina dispara la producción de fibrinógeno, sustancia presente en la primera etapa de formación de coágulos. La insulina también insta a los riñones a deshacerse de magnesio y potasio, lo que puede llevar a arritmias cardíacas y a fibrilaciones que pueden hacer peligrar la vida. ¿Falta alguna etapa de la enfermedad coronaria en esta exposición?”

5/12/14

“Y la alta presión sanguínea, enfermedades cardíacas, arteriosclerosis? El exceso de insulina dispara el crecimiento de las células musculares lisas que revisten las arterias, engrosando sus paredes y reduciendo su elasticidad. El diámetro de las arterias se reduce, obligando al corazón a bombear con más fuerza, lo cual es otra manera de decir “alta presión sanguínea”. La insulina también lleva a que los riñones retengan fluido, lo que también aumenta la presión sanguínea. Las arterias con elasticidad disminuida son más susceptibles al déposito de placas y al espasmo arterial, causas de enfermedad cardíaca. La insulina también estimula el crecimiento de tejido conectivo fibroso en el interior de las arterias, lo que sirve de andamiaje para que se deposite un primer nivel de placas.
La insulina incrementa la oxidación de las partículas de LDL (lipoproteínas de baja densidad). Estas empeñosas sustancias han sido declaradas culpables sin un buen motivo y tildadas de “colesterol malo”. Como todos nosotros, son malas solo cuando se las maltrata. Y ¿qué las maltrata? Demasiada azúcar en sangre y demasiada insulina. Los azúcares pueden adherirse a proteínas de todo el cuerpo y comenzar una reacción que daña a las células de forma permanente. Este proceso se llama glicación, cuando lo produce la glucosa y fructación cuando es resultado de la fructosa. Se asemeja al modo en que “la proteína y grasa de los lácteos, combinados con azúcar y calor…producen caramelo”.41″

1/12/14

“En realidad, culmina en diabetes tipo 2. Los receptores insulínicos han desarrollado tolerancia y necesitan demasiada insulina, más de la que el páncreas puede segregar. El exceso crónico de azúcar destruye los nervios, las arterias, las retinas, el corazón. A pesar de los avances médicos, la vida de una diabético puede ser un tercio más corta que la de la población general.39 Tales son los frutos de los pecados dietarios de la civilización.
Como la insulina también controla muchas de las otras funciones vitales esenciales, niveles altos de insulina producen daños en todo el cuerpo. La insulina dispara la síntesis del colesterol al activar las enzimas que estimulan su producción. Cerca del 85 % del colesterol de tu cuerpo es manufacturado por él; solo el 15 % se origina en la dieta; ello es uno de los motivos por los cuales las dietas bajas en grasas han demostrado ser prácticamente inútiles. Aunque cada una de nuestras células necesita colesterol y también lo produce, la mayor parte se produce en el hígado. Alta insulina significa alto colesterol. Los doctores Eades explican porque:
“Un exceso de energía alimentaria incrementa el azúcar de la sangre, que incrementa la insulina, que dispara el ciclo de almacenamiento que lleva a la acumulación de grasa. Para almacenar grasa y construir músculo, el cuerpo debe hacer nuevas células, y la insulina actúa como hormona del crecimiento en este proceso. El colesterol desempeña un papel vital en este proceso de construcción y acumulación; el colesterol provee de marco estructural a todas las células.””

30/11/14

“La diabetes tipo 2 tiene otra etiología. Comer cualquier carbohidrato o azúcar resulta en un brusco aumento de la glucosa en el torrente sanguíneo. El páncreas responde segregando insulina, la insulina activa los receptores insulínicos y estos bombean glucosa al interior de las células para su empleo inmediato o almacenamiento. Hasta aquí, todo va bien.
El problema viene con el exceso. Cuando una dieta alta en carbohidratos hace que los niveles de azúcar en sangre asciendan a picos en forma constante, la cantidad de insulina que ello requiere llevará a que, con el tiempo, los receptores insulínicos se emboten, disminuyendo su capacidad de procesamiento. Pero los niveles de azúcar aún necesitan bajar, y rápido. De modo que el páncreas segrega aún más insulina, lo cual fuerza a los receptores insulínicos a operar; pero a la larga, ello incrementa su deterioro. Ahora, hay tanta insulina en la sangre que para el momento en que toda ella se haya ligado a los receptores insulínicos, los niveles de azúcar habrán descendido en forma excesiva. Este ciclo de alto nivel de azúcar en sangre a demasiada insulina a bajo nivel de azúcar en sangre se llama hipoglucemia y culmina con que la paciente, biológicamente desesperada por subir sus niveles de azúcar en sangre, se lleva a la boca con mano temblorosa y sudada otra dosis de azúcar (carbohidratos). Ello funciona durante una o dos horas……entonces, los niveles de azúcar vuelven a descender y el proceso recomienza.”

15/9/14

“Esa cantidad de azúcar en sangre llevaría al coma y a la muerte de no ser porque los humanos tenemos un mecanismo que procesa el azúcar a toda velocidad. Así que el cuerpo viene equipado con un sistema que limpia la sangre de azúcar. Pero es un alimento que los alimentos agrícolas desgastan. Los niveles elevados de azúcar hacen que el páncreas segregue insulina. La insulina es una hormona que tiene al función de almacenar nutrientes. Su propósito esencial es remover el exceso de azúcares, aminoácidos y grasas de la sangre y depositarlo en las células. El azúcar es el más peligroso de esos tres elementos, ya que su exceso puede causar consecuencias graves muy rápido. Así que la tarea más importante de las que desempeña la insulina es la de mantener los niveles de azúcar de la sangre lejos de la zona de peligro. Lo hace ligándose a los receptores insulínicos, que son proteínas de la superficie celular destinadas a remover azúcar de la sangre. La insulina es el interruptor que activa los receptores insulínicos, que a continuación se ocupan de trasladar la glucosa al interior de la célula.
Quienes sufren de diabetes juvenil tienen páncreas que producen muy poca insulina. Sus receptores insulínicos son funcionales, pero al no tener insulina que los dispare, no actúan. Es por eso que estos pacientes toman insulina.”

5/9/14

“¿Por qué carecen de importancia estas diferencias? Porque nuestro sistema digestivo no puede asimilar las secuencias largas. Son demasiado grandes como para atravesar las paredes intestinales. Así que nuestros cuerpos las descomponen en azúcares simples. Y hasta la última de esas moléculas llega al torrente sanguíneo.
“De modo que, sea que se originen en un pastelillo sin grasa, en un cuarto de taza de azúcar sacado de la azucarera, de una bebida carbonatada, de un cuenco de fideos, de una papa al horno o de un puñado de caramelos de goma, para el momento en que tu tracto intestinal ha terminado de cortar los eslabones de esas cadenas de almidón y azúcar, todas quedan reducidas a ….. azúcar. Para ser precisos, a glucosa. Y a fin de cuentas hay poca diferencia metabólica entre ingerir una papa horneada mediana y una lata de gaseosa de 330 centilitros. Ambas contienen unos 50 gramos de glucosa de fácil digestión y rápida disponibilidad. Quizás te sorprenda enterarte de que la papa puede ser un poco peor en términos del aumento del azúcar en sangre que sigue a su ingestión.”38
Según la USDA, el ente estadounidense regulador de los alimentos y medicamentos, deberíamos alimentarnos en base a una dieta que conste de un 60 % de carbohidratos. Tu cuerpo convertirá ese carbohidrato en casi 2 tazas de glucosa; y tendrás que lidiar con todas y cada una de esas moléculas.”

28/8/14

“¿Cuál es la diferencia entre los carbohidratos complejos y el azúcar? No mucha, a pesar de la intensa propaganda que insiste en que los primeros son “buenos” y la segunda “mala”. “Muchas personas opinan que hay carbohidratos buenos y malos, cuando en realidad lo que hay es azúcares apenas soportables o directamente horribles” escriben los doctores Eades.37 Complejos o simples, todos los carbohidratos son azúcar. Lo que los diferencia es que unos constan de moléculas individuales de azúcar, los otros de una secuencia de moléculas de azúcar. La glucosa es el azúcar más simple; está hecha de una única molécula. La sacarosa, es decir el azúcar común de mesa, está compuesta de dos moléculas y es, por lo tanto, un disacárido. Otras, compuestas de tres moléculas, son trisacáridos. Los azúcares que tienen aún más moléculas se denominan polisacáridos. Incluyen a los granos, legumbres y papas.
¿Por qué carecen de importancia estas diferencias? Porque nuestro sistema digestivo no puede asimilar las secuencias largas. Son demasiado grandes como para atravesar las paredes intestinales. Así que nuestros cuerpos las descomponen en azúcares simples. Y hasta la última de esas moléculas llega al torrente sanguíneo.”

26/8/14

“Tú, que estás leyendo estas palabras: escucha a tu cuerpo. Ello lo volverá menos misterioso, hará que lo conozcas y lo ames más. Sé que escuchar es difícil. Tendrás que ignorar la propaganda de los agriculturalistas, los bienintencionados y los otros. También tendrás que ignorar los antojos que sus alimentos producen, las adicciones a opioides y edulzantes intensos, las emergencias biológicas que produce el sube y baja del azúcar en la sangre. Y tendrás que aceptar al “suave animal que es tu cuerpo” como dice con tanta dulzura la poetisa Mary Oliver, en lugar de castigarlo.
Son obstáculos formidables, y si no puedes sortearlos para mirar de frente la evidencia de tu hambre verdadera, quizás lo que te lleve a ella sean los estragos que produce una alimentación de base vegetal. Quizás no te alcance con las fuertes evidencias de la relación entre mímesis molecular y trastornos autoinmunológicos. De ser así, escucha esto: “Las enfermedades en las que la insulina desempeña un rol directo….actualmente son causa de la mayor cantidad de muertes e invalidez en los Estados Unidos. Son el azote letal de la civilización occidental”.36 Enfermedad cardíaca, alta presión sanguínea y diabetes son producto de la secreción excesiva de insulina que producen granos y azúcares.”

14/8/14

“”Nunca probé algo como esto” tartamudeó otra visitante ante su primer bocado de creme brûlée. Es una reacción a la que ya me acostumbré. Esa persona jamás había probado huevos de gallinas que viven felices holgazaneando, cazando y después holgazaneando un rato más en bosques y pasturas, ni crema de la leche de vacas que viven felices con la cabeza metida en el pasto. Estos detalles tienen su importancia, no solo en lo moral y en lo político sino también en lo nutricional, como veremos más adelante. A lo que voy ahora es que nuestros cuerpos aún responden a la comida para la que fueron diseñados, aún cuando nunca la hayamos probado y creamos que no deberíamos hacerlo jamás. La dieta de quien se entusiasmaba con la creme brûlée consistía sobre todo de trigo y maíz, más unos pocos huevos de gallinas enjauladas, atormentadas y mal alimentadas, algún yogur anémico, azucarado y desprovisto de todas sus grasas y productos industrializados a base de soja. ¿Hace falta decir que esa persona sufría de severa hipoglucemia y de osteoporosis temprana? Sentí deseos de decirle: “escucha a tu hambre”, en vez de la larga explicación sobre pasto y grasas, animales y nosotros, vida y muerte, que tuve que endilgarle.”

25/7/14

“Son enfermedades serias, endémicas en todas las culturas civilizadas. Su ubicuidad hace que nos parezcan normales. Comemos la comida que nos provee nuestra cultura. Y enfermamos. Pero claro, todos nos enfermamos. ¿Quién no conoce a alguien con diabetes, cáncer, enfermedad celíaca, artritis? Así que nadie lo cuestiona. Y hay mucho para cuestionar, desde la pirámide alimentaria de la USDA hasta el aura de justicia que la izquierda le ha atribuido a los alimentos de origen vegetal, pasando por la civilización misma. Estas son poderosas fuerzas que desde hace mucho aplastan nuestra inteligencia nativa, tanto en lo personal como en lo cultural.
Lo que nos queda son anhelos, al mismo tiempo vagos e insoportables, que hemos aprendido a combatir. “Cuando como, me siento llena” me dijo una amiga. “Pero cuando como en tu casa me siento alimentada”. Créeme, lo que elogia no son mis habilidades culinarias. Es la calidad de los ingredientes: comida de verdad. Verdadera proteína y verdadera grasa de animales que, a su vez, se alimentaron con comida de verdad.”

20/07/14

“Cada célula de tu cuerpo puede producir todo el azúcar que necesite. Ello incluye a las células de tu hambriento cerebro. Los detractores de las dietas bajas en carbohidratos han construido y repetido hasta el hartazgo el mito de que nuestros cerebros necesitan y que por eso debemos comer carbohidratos. Sí, nuestros cerebros necesitan glucosa y precisamente esa es la razón por la cual nuestros cuerpos pueden producir glucosa. Lo que el cerebro necesita es un suministro muy parejo de glucosa. Demasiada o demasiada poca producen una emergencia biológica que puede resultar en coma y muerte, como te dirá cualquier diabético. Y una dieta basada en carbohidratos produce precisamente un ciclo de demasiado/demasiado poco cuya consecuencia es el deterioro de órganos y arterias. Una lista parcial de los males producidos por altos niveles de insulina incluye: “enfermedad cardíaca, colesterol alto, triglicéridos altos, alta presión sanguínea, problemas de la coagulación, cáncer de colon (entre muchos otros), diabetes tipo 2, gota, apnea del sueño, obesidad, enfermedad del exceso de hierro, reflujo gastroesofágico (acidez severa), úlcera péptica, [y] síndrome del ovario poliquístico”.34″

4/7/14

“Te será difícil enfrentar la verdad biológica si tú, como yo, construiste toda la superestructura de tu identidad sobre un cimiento de grano. Pero los hechos son estos. Hay aminoácidos esenciales, los llamados módulos constructivos de las proteínas. Son esenciales porque los humanos no podemos producirlos; solo los obtenemos al ingerirlos. Del mismo modo, hay ácidos grasos esenciales -grasas- que, a pesar del carácter perjudicial que se les pretende atribuir, solo pueden ser ingeridos, no producidos.
¿Y los carbohidratos? No existen los carbohidratos imprescindibles. Vuelve a leer la frase anterior. Escucha a los doctores Eades: “La verdadera cantidad de carbohidratos imprescindible para la salud de los humanos es cero”.33

26/6/14

“Y así como la agricultura ha desplazado a comunidades ricas en especies con sus monocultivos, su dieta ha desplazado a los alimentos ricos en nutrientes que el cuerpo humano necesita, reemplazándolos por mononutrientes de azúcar y almidón. Este desplazamiento llevó a una inmediata reducción de la estatura de los humanos que coincide con la difusión de la agricultura -la evidencia no podría ser más clara. Las razones son igualmente claras. La carne contiene proteínas y minerales, también las grasas necesarias para metabolizarlos. En cambio, los granos son básicamente carbohidratos; la proteína que contienen es de baja calidad, pues le faltan aminoácidos esenciales y viene envuelta en fibra indigerible. Los granos son, en esencia, azúcar, con opioides suficientes como para hacerlos adictivos.”

21/6/14

“Aún así, la relación entre trigo y enfermedad celíaca fue establecida recién en la década de 1950, por un médico holandés, Willem Dicke. “Lo asombroso -escribe Codain- es que la humanidad no haya sido consciente, hasta hace relativamente poco, de que un alimento tan habitual y difundido como lo son los cereales sea responsable de un mal que afecta a entre 1 y 3,5 de cada mil personas en Europa”.31
A mi no me parece asombroso. Creo que para la mayor parte de las personas es casi imposible tomar distancia de su cultura y cuestionar sus prácticas, en particular aquellas donde poder y tabú se superponen: sexo, religión, alimento. Comprender que los alimentos agrícolas no son los que estamos diseñados para consumir arroja una luz nueva e incómoda sobre todo el proyecto de la civilización y ¿quién quiere que ello ocurra?
Así y todo, la verdad sobre la agricultura está a la vista, al acecho entre las ruinas de nuestros cuerpos, al igual que en los esqueletos quebrantados de los bosques y en los humedales desangrados. Los paleopatólogos nos dicen que los trastornos “de la autoinumnidad no parecen haber aquejado a la humanidad antes de la adopción del modo de vida agrícola”.32 Eso es porque los granos pueden hacer que el cuerpo se rebele contra sí mismo. La agricultura nos ha devorado del mismo modo en que se devoró al mundo.”

8/6/14

“Es posible que la mímesis molecular de las lectinas no sea el único catalizador de las enfermedades autoinmunes. Algunos investigadores están investigando el papel que pueden desempeñar virus y bacterias. Por ejemplo, la bacteria M. Paratuberculosis, que produce la enfermedad de Johne en los rumiantes, puede estar relacionada a la enfermedad de Crohn en los humanos. Puede haber múltiples causas en las enfermedades de esa clase, entre ellas la absorción masiva de sustancias extrañas que disparan una cascada de reacciones autoinmunes.
Como fuere, los epidemiólogos tienen la certeza de que la esclerosis múltiple, enfermedad autoinmune en la que el cuerpo ataca sus propios revestimientos nerviosos, está más difundida en las culturas en las que trigo y centeno son alimentos básicos. El registro arqueológico testimonia que esqueletos que exhiben signos de artritis reumatoide acompañan la difusión del trigo y el maíz en todo el mundo. 29 Es indudable que la enfermedad celíaca es producida por los cereales, y quienes la sufren son susceptibles a otras enfermedades autoinmunes. También tienen tasas de esquizofrenia treinta veces superiores a las del resto de la población. De hecho, diversos estudios demuestran que suprimir el gluten de la dieta alivia la esquizofrenia. 30″

27/5/14

“La profunda capacidad de hacer daño que poseen las lectinas radica en la respuesta autoinmune que disparan. La secuencia proteica de algunas lectinas es casi idéntica a la de ciertos tejidos del cuerpo humano. 26 Una vez que las lectinas pasan por las uniones estrechas averiadas y llegan al torrente sanguíneo, producen daños tremendos y trágicos en un proceso conocido como “mímesis molecular”. El sistema de defensa inmunológico ataca a las proteínas que desconoce; al aprender a identificar a determinada secuencia como enemigo, pasa a atacar secuencias similares pertenecientes al cuerpo. La lectina del trigo está compuesta de secuencias de aminoácidos que se asemejan a aquellas del cartílago de nuestras articulaciones y de las vainas de mielina que recubren nuestros nervios. 27 Otras lectinas son casi idénticas a los mecanismos filtrantes de los riñones, a las células productoras de insulina del páncreas, a la retina y a las vellosidades intestinales. Y cuando el sistema inmunológico se activa, no vuelve a desactivarse. Las lectinas confunden al sistema inmunológico, al indicarle que algunas partes esenciales del “nosotros” son un “ellos”. La respuesta defensiva que aprendió se convierte en el terrible sufrimiento de un cuerpo que se ataca a sí mismo, en enfermedades autoinmunes como “mal de Crohn…colitis ulcerosa, artritis reumatoide, espondilitis anquilosante, lupus eritematoso sistémico, soriasis, diabetes melitus tipo 1, glomerulonefritis….esclerosis múltiple y potencialmente muchas otras, desde inflamación de la tiroides hasta asma, pasando por erupciones cutáneas y alergias”.28″

22/5/14

“Para el momento en que una comida sale del estómago e ingresa a los intestinos, cualquier proteína que hayamos ingerido debería haber sido reducida a aminoácidos. Ello impide que compuestos más grandes atraviesen las paredes intestinales y pasen al torrente sanguíneo. En ocasiones, algunos fragmentos pueden pasar sin descomponerse, pero son demasiado pequeños como para suscitar una respuesta inmunológica. Pero las lectinas son capaces de sobrevivir al estómago humano sin experimentar alteraciones, de modo que “pueden entrar al intestino en concentraciones que superan en varios órdenes de magnitud a la de otros antígenos dietarios”.25
Las lectinas también pueden adherirse a las paredes intestinales, dañando su permeabilidad. Esta adhesión puede producir todo tipo de alteraciones, incluyendo un acortamiento de las vellosidades, cambios en la flora intestinal y muerte celular. La combinación de altas concentraciones de lectinas con intestinos dañados lleva a que aquellas puedan atravesar estos enteras. Una vez que pasaron esa barrera defensiva, causan estragos en el cuerpo humano”.

10/5/14

“Pero ¿qué son las lectinas? Krispin Sullivan lo explica así:
“Una lectina puede ser entendida como una proteína provista de una llave que abre una cerradura en particular. La cerradura en cuestión es un carbohidrato específico….si una lectina que tenga la llave justa entra en contacto con una de estas “cerraduras” (en la pared intestinal o en alguna arteria o glándula) la “abre”, es decir atraviesa la membrana y daña la célula, lo que puede iniciar una cascada de eventos inmunológicos y autoinmunológicos que lleven a la muerte de la célula.”22
Las lectinas no se descomponen sin dar pelea: una vez ingeridas, ni el ácido clorhídrico ni las enzimas digestivas pueden destruirlas. De hecho, la “AGT (aglutinina del germen de trigo, una lectina de grano de cereal) es resistente al calor y a la descomposición intestinal proteolítica en ratas y humanos, y ha sido recuperada, entera y biológicamente activa, de heces humanas”.23 Más del 60 % de las lectinas se “mantienen…intactas en lo inmunológico” en el tracto digestivo.24 Y por eso, el daño que pueden producir es inmenso.”

1/5/14

“Comer grano (cereales) causa tres problemas. El primero es que una dieta basada en granos incluye demasiados almidones y azúcares, que sobrecargan el intestino. Este, a su vez, los pasara sin digerir al colon. Estos azúcares crean “un verdadero festín para las bacterias”, que puede resultar en que la población bacteriana normal del colon experimente un crecimiento exponencial. 20 Esta fermentación excesiva puede hacer que el contenido del colon desborde, regresando a los intestinos. Ello causa una respuesta inflamatoria que “embota las puntas de las microvellosidades, dificulta la digestión y absorción y dispara un círculo vicioso al mandar aún más alimento incompletamente digerido al sistema”. 21 Aún más importante, las uniones estrechas resultan dañadas y permiten que sustancias como las lectinas pasen al torrente sanguíneo. Las lectinas pueden incluso adherirse a las paredes intestinales, alterando su permeabilidad y funcionamiento.
Pero ¿qué son las lectinas? Krispin Sullivan lo explica así:”

28/4/14

“Si los métodos mecánicos fallan, nuestras tripas pueden lanzar una respuesta inmunológica altamente especializada. La respuesta inmunológica habitual en los demás lugares del cuerpo necesita de inflamación. No es ese el caso de los intestinos, y si puedes imaginar una superficie del tamaño de una cancha de tenis plegándose hasta cubrir solo un centímetro cuadrado entenderás por qué. No hay lugar para inflamaciones, en particular si esa superficie quiere seguir absorbiendo nutrientes. La inflamación debilitaría las uniones estrechas, dejándonos a merced de cualquiera de las sustancias que ingresan a nuestros cuerpos. Lo que hacen las tripas es organizar un equipo de defensa rápida. Células especializadas toman prisionero a cualquier invasor. Otras células, los linfocitos, se ponen a fabricar venenos para matar a los invasores. “No solo eso -escriben los doctores Eades- sino que, además, los linfocitos armados recordarán para siempre el rostro del invasor, de modo que si, algún otro de esa calaña llega a aparecer, la respuesta inmunológica será veloz y segura”.” (19)

19/4/14

“Las microvellosidades son pliegues aún más pequeños. Forman lo que se conoce como capa estriada, el área donde las enzimas digestivas descomponen las proteínas en los aminoácidos que las constituyen y los almidones en azúcares. Una vez que el alimento ha sido completamente descompuesto, el revestimiento intestinal deja pasar los nutrientes al torrente sanguíneo a través de las denominadas uniones estrechas. Estos son sellos especializados que se encuentran entre las células del revestimiento intestinal. Nos protegen de los diversos contaminantes y toxinas que llegan del mundo exterior tras pasar por nuestras bocas y estómagos. Las uniones estrechas son el lugar donde las sustancias provenientes del exterior son absorbidas o rechazadas. Cualquier cosa demasiado grande, demasiado alarmante o demasiado extraña no pasa de ahí. Pero todo lo que sea sencillo y pequeño -agua, iones, aminoácidos y azúcares- es admitido. Ese es uno de los procedimientos mecánicos mediante los cuales nuestros intestinos se mantienen a salvo. Otro son las contracciones rítmicas que hacen que lo que entra a los intestinos circule por ellos. El movimiento constante evita que bacterias hostiles puedan instalarse. Y las células del revestimiento se desprenden y renuevan todo el tiempo, de modo que cualquier bacteria que se las haya ingeniado para agarrarse de nuestras tripas, es arrastrada con aquellas.”

13/4/14

“Nuestro tracto digestivo tiene un trabajo difícil; debe clasificar una vasta cantidad de materias extrañas -todo lo que tragamos- y decidir qué es nutrición y qué es peligroso. A continuación, debe descomponer aquellas que cataloga como nutrientes hasta reducirlas a los elementos más pequeños que le sea posible para así absorberlos. Es un trabajo tan intensivo que requiere que nuestros intestinos midan más de seis metros y medio de longitud. Para incrementar su capacidad de procesamiento, el intestino está plegado en revueltas compactas conocidas como vellosidades intestinales. “De hecho -explican los doctores Eades- estos pliegues están dispuestos en paquetes tan apretados que si los aplanáramos hasta dejarlos como una hoja de papel un solo centímetro de revestimiento intestinal cubriría una cancha de tenis para dobles. Una asombrosa pieza de origami”. 18″

13/4/14

En primer lugar, las plantas producen bloqueadores enzimáticos, que actúan como pesticida contra insectos y otros animales, nosotros, por ejemplo. Nuestro sistema digestivo emplea muchas enzimas para descomponer y absorber el alimento. Cuando ingerimos semillas -legumbres, granos y papas lo son- estas se resisten bloqueando esas enzimas. La enzima más común entre aquellas que los granos buscan neutralizar es la proteasa. Las proteasas incluyen a la enzima estomacal llamada pepsina y a la tripsina y quimotripsina producidas en el intestino delgado. Otras defensas químicas vegetales interfieren con la amilasa, enzima que digiere el almidón; se llaman inhibidores de la amilasa.
Legumbres, granos y papas también usan lectinas, proteínas que desempeñan una amplia variedad de funciones en plantas y animales, si bien el papel preciso de muchas de ellas aún nos es desconocido. Para entender el daño que estas substancias le infligen al cuerpo humano, veamos primero los elementos básicos de la digestión humana.”

29/3/14

“Decidí que nuestros ancestros se alimentaban de granos y de diversas cosas con hojas, vaya uno a saber cuáles. No tomaba en cuenta que “los granos ni siquiera existían durante la mayor parte del tiempo que llevamos en el planeta”(17) Ni que solo habrían estado disponibles durante un mes al año. Ni que las tecnologías necesarias para hacerlos comestibles se inventaron con el nacimiento de la agricultura. El grano debe ser molido, remojado y, sobre todo, cocido. No se puede comer trigo crudo. Si no me crees, haz la prueba, pero no te lo recomiendo: te produciría gastroenteritis. Ello se aplica a granos, legumbres y papas. Contienen toxinas -que educadamente llamamos “antinutrientes”- para que los animales (nosotros) no los coman. Que las plantas no griten ni corran no significa que quieran ser comidas. Y que carezcan de dientes y garras no significa que no sepan defenderse. El calor las vuelve comestibles al desactivar algunos de los antinutrientes. Moler, remojar, enjuagar y hacer brotar también sirven. Pero es importante comprender las medidas que toman las plantas para protegerse -ellas y su preciada descendencia, su futuro biológico- y qué consecuencias ha tenido para nosotros nuestra insistencia en comerlas.”

29/3/14

“El primer mito de los vegetarianos nutricionales -que no estamos hechos para comer carne- es otro cuento de hadas lleno de manzanas incomibles. Trato de recordar que creía yo cuando era vegana. En una mítica edad de oro, hace mucho, cuando vivíamos en armonía con el mundo….comíamos…¿qué? Las pinturas prehistóricas de escenas de caza me dejaban confundida y a la defensiva. De todas maneras, no estaba muy segura de la cronología. Quizás todas esas cacerías habían tenido lugar antes de la pacífica cultura vegetariana de la Diosa. ¿O tal vez ocurrieron después de la pacífica cultura…..?”

29/3/14

“La agricultura -sus alimentos, sus civilizaciones- es el fin del mundo. No hay paz en la guerra que la agricultura necesita, no hay justicia en la esclavitud que requiere, no hay vida en las rocas peladas y saladas que deja a su paso. Y no hay otro lugar donde ir. Estas son nuestras opciones, tan desnudas como esa roca muerta: aceptar nuestro lugar como animales, un lugar humilde y salvaje o imponernos, nosotros y nuestro alimento, a nuestro hogar viviente de tierra y mar y cielo hasta matar el planeta.”

9/2/14

Pero antes, la última cita del capítulo 3, Vegetarianos políticos:

“Desde el comienzo, “la agricultura se expandió mediante el genocidio”(116). Cuando los agricultores LBK (linearbandkeramik, por su alfarería decorada) migraron de su Turquía meridional original a Europa, los cazadores-recolectores cromañon ya vivían ahí. El registro arqueológico no conserva testimonio alguno de comercio entre estos pueblos, ningún intercambio de bienes. Con una única excepción: puntas de lanza. Dice Richard Manning: “Y no hay motivo para suponer que fueron intercambiadas de forma pacífica” (117). La civilización sigue la misma pauta en todas partes. La única pregunta es ¿quién será desarraigado y reducido a la miseria? Esa es la pregunta que los vegetarianos políticos deben enfrentar y responder.

La agricultura -sus alimentos, sus civilizaciones- es el fin del mundo. No hay paz en la guerra que la agricultura necesita, no hay justicia en la esclavitud que requiere, no hay vida en las rocas peladas y saladas que deja a su paso. Y no hay otro lugar donde ir. Estas son nuestras opciones, tan desnudas como esa roca muerta: aceptar nuestro lugar como animales, un lugar humilde y salvaje o imponernos, nosotros y nuestro alimento, a nuestro hogar viviente de tierra y mar y cielo hasta matar el planeta.”

24/1/14

El libro tiene 5 capítulos:

1. ¿Por qué este libro?
2. Vegetarianos morales
3. Vegetarianos políticos
4. Vegetarianos nutricionales
5. Para salvar el mundo

Los próximos fragmentos que subamos serán del capítulo 4, Vegetarianos nutricionales.

15/12/13

El libro ya se consigue en 4 nuevas librerías de Buenos Aires: Unicenter, Nordelta, Pilar y Adrogué. Checá las direcciones en https://elmitovegetariano.com/donde-conseguirlo/   Y ya sabes, si queres tener el libro disponible en tu localidad y conoces una buena librería allí, acercanos el dato. Esto es tanto para el interior de Argentina como para el resto de Latinoámerica.

9/12/13

“Como ni en Japón ni en Gran Bretaña hay hambrunas masivas y como en las tiendas de esos países se consigue cualquier alimento, nadie se da cuenta de que, como comunidad, han excedido la capacidad de su territorio, su biorregión, su país. Nadie necesita saberlo. Como la comida no se cultiva donde vivimos -¿qué podría crecer entre cemento y automóviles?- no vemos el costo: las zonas muertas, los fumareles desesperados. Cuando contemplamos los estados centrales de los Estados Unidos desde el aire, no tenemos grabada a fuego en nuestras retinas la imagen de la pradera viviente que fueron alguna vez. Ni siquiera nuestro acervo mítico tiene referencia alguna a lo que nos devoramos: continentes enteros que alguna vez fueron hogar de otras criaturas convertidos en huesos pelados por los monocultivos. Y como no producimos nuestro propio alimento, no tenemos ni idea de que somos tantos solo porque disponemos de combustible fósil barato.”

26/11/13

“Veamos el caso de Japón. Según Catton, 2/3 de la población de Japón morirían de hambre si el país no recurriera a pesquerías de todo el mundo ni comerciase con naciones exportadoras de bienes agrícolas.(76) De modo parecido, más de la mitad del alimento que consume Gran Bretaña proviene de fuera de sus fronteras: 6,5% sale del mar, 48% de otros países. Está claro que en esos países hay más personas de las que el territorio puede sustentar. Viven de lo que se denomina “hectáreas fantasma”. Este es un concepto desarrollado por Georg Borstrom en su libro The Hungry Planet. Las granjas, pasturas y bosques de un país son sus “hectáreas visibles”. Las “hectáreas fantasmas” son sus fuente de alimento ubicadas más allá de sus fronteras. Una vez que la capacidad de carga de un país se completa, su población solo puede alimentarse de mediante importaciones provenientes de hectáreas fantasma. Esa es la situación de la mayor parte de los países: dependen de unas pocas naciones exportadoras de granos.”

14/11/13

“El gigantesco éxodo que transformó a las poblaciones rurales productoras de alimentos en poblaciones urbanas consumidoras de alimentos y productoras de bienes industrializados ha resultado en un profundo nivel de ignorancia respecto al origen de lo que comemos, de qué necesita para desarrollarse y de qué costo tiene en términos de base territorial. Esta ignorancia significa que, aunque el planeta se está muriendo, ninguna cultura, ninguna biorregión, ningún individuo, tiene una base desde la que hacer un juicio racional acerca del impacto de cualquiera de ellos sobre la salud planetaria.”

2/11/13

“”En torno al 1800 a.C. comenzó una nueva fase en la historia ecológica de la humanidad. La capacidad de carga aumentó de manera tremenda (aunque temporal) mediante el empleo de un método bien distinto: la toma dio paso a la extracción. Una aceleración conspicua y sin precedentes de la población humana se desencadenó cuando Homo sapiens pasó de la vida agraria a la vida industrial.(74)”
Maquinarias alimentadas a carbón permitieron el riego a gran escala, aumentaron la producción agrícola y transportaron alimentos. El carbón dio paso al petróleo y al gas y la era del caballo terminó.(75) La superficie de tierra laborable que hasta entonces se reservaba a los animales de trabajo (entre un cuarto y un tercio del total disponible) pudo destinarse a criar humanos. Y finalmente, el proceso Haber-Bosch estalló sobre el mundo.”

25/10/13

“Los castores se mudan, y, a lo largo de los siglos, el ciclo de humedales que devienen prados y bosques y de ahí regresan al castor, se repite. Pero los organismos fermentativos de una cuba de vino no tienen dónde ir. Se parece al caso de los célebres ciervos de la isla San Mateo: sin depredadores, una población original de veintinueve individuos creció hasta llegar a seis mil, para después terminar en apenas cuarenta y nueve individuos y un hábitat degradado de manera permanente. (73) Al igual que los ciervos, los humanos encontraron primero, ocuparon después, nuevos territorios -todos los continentes menos la Antártida- libres en su mayoría de las pequeñas criaturas hambrientas que se alojan en los tejidos humanos en los trópicos. Lo que Catton llama “método de la toma” en la expansión humana ha llegado a su fin; ya no hay continentes que tomar.
En cambio, los humanos hemos recurrido al método de la extracción, incrementando nuestro número no en base a nuevos territorios, sino al usufructo de recursos no renovables.”

18/10/13

“Catton señala que “algo parecido ocurre en un estanque, cuando sus habitantes vegetales y animales lo llenan con residuos orgánicos al punto de transformarlo en un prado donde las criaturas acuáticas ya no pueden vivir”. (71) Este es un proceso natural conocido como “sucesión”. “Los organismos que usan su hábitat inevitablemente reducen la capacidad de este de sustentarlos, debido a lo que le hacen naturalmente en el proceso mismo de vivir. Al hacer que ese hábitat se vuelva menos adecuado para ellos, ocurre a veces que los organismos lo vuelven más adecuado para otras especies, sus sucesores”. (72)”

10/10/13

Y más…..”En lugar de mantenernos dentro de una red compleja de relaciones, destruimos esas relaciones, apoderándonos de la tierra y de la luz del sol.
Existen otras especies que modifican su medios de manera espectacular. Los castores, por ejemplo, talan a dentelladas hectáreas de bosque ribereño y represan ríos enteros. La diferencia es que los castores y sus habilidades ingenieriles crean humedales, los hábitats más diversificados del planeta, mientras que las tecnologías humanas han creado desiertos y zonas muertas.
Lo cierto es que cualquier especie que logra burlar sus controles naturales excederá la capacidad de su medio ambiente. En ese sentido, somos como las bacterias de un barril de vino. Al no haber nada que las detenga, estas se reproducen a una tasa exponencial hasta que se comen todo el alimento disponible. Entonces mueren, envenenadas por sus propios productos de deshecho.” de la página 137 del libro, continuará…..

2/10/13

Sigamos…….: “Dice Catton:
Cada aumento de la capacidad de carga… consistió en esencia en desviar alguna fracción de la capacidad de sustentar vida que tiene la tierra, quitándosela a otros seres vivientes para usufructuarla nosotros. Nuestros ancestros pre-sapiens, con sus simples herramientas de piedra y el fuego, se apoderaron de y aprovecharon materiales orgánicos que de otro modo habrían sido consumidos por insectos, carnívoros o bacterias. Hace unos 10000 años, nuestros primeros antepasados agricultores comenzaron a adueñarse de tierras en las que sembrar cultivos para consumo humano. De no haber sido por ello, tales tierras habrían sustentado árboles, arbustos o hierbas silvestres, así como todos los animales de ellos dependientes: también humanos, pero no tantos. A medida que las generaciones, cada una más numerosa que la anterior, se fueron sucediendo, Homo sapiens se apoderó de más y más superficie terrestre, siempre a expensas de los otros habitantes.(70)”

26/9/13

Continua a la cita anterior (20/9): “Nótese que el cerebro humano está compuesto de grasa en más de un 60 %. Usamos nuestros cerebros para producir más cerebros, lo que a su vez nos permitió desplazar a especies en todo el mundo. Nuestra capacidad de hacer fuegos, refugios, vestimentas, nos permitió dejar atrás los trópicos, nuestro hogar original, y con ellos a una gran cantidad de nuestros depredadores microscópicos.
Al hacerlo, desplazamos a otras especies. “Las tribus humanas -explica Stewart Udall- se apoderaron y utilizaron porciones de la biosfera que, de no haber sido por ello, habrían sustentado otras formas de vida”.(69)
La agricultura es un nivel completamente distinto. En lugar de ocupar un nicho en un ecosistema, los humanos ocuparon ecosistemas completos, convirtiendo comunidades bióticas en monocultivos.”

20/9/13

“Los primates arborícolas desarrollaron pulgares oponibles para agarrarse de las ramas. Bajaron a tierra y conservaron el pulgar. Y tenían cerebros apenas lo suficientemente grandes como para utilizar la herramienta prototípica: una piedra. Algunos investigadores creen que nos volvimos humanos a fuerza de usar los sesos propios y aquellos de las presas o carroña que comíamos. En el caso de las presas, otros animales no pueden acceder al cerebro. La piedra aquella nos sirvió para romper cráneos y acceder a sus contenidos ricos en nutrientes.”La capacidad de usar las manos permitió a los primeros humanos y a los ancestros prehumanos obtener grasas esenciales que se encuentran en altas concentraciones en los sesos de otros animales, por lo general inaccesibles para los otros carnívoros debido a la dureza de los huesos craneanos”.(68)”

14/9/13

Antes de empezar un nuevo ciclo en esto de subir partes del libro, volvemos a un fragmento que ya compartimos, pero que por su fuerza, claridad y síntesis, merece volver a estar:

“Suelo, especies, ríos. Esa es la muerte en tu comida (vegetariana). La agricultura es carnívora; su alimento son los ecosistemas. Y se los traga enteros.”

Belleza. Y lucidez. Fui vegetariano durante 26 años. Y durante todo ese tiempo pensé que hacía bien a mi salud, bien a los animales, y que aportaba para un mundo mejor. Cuando llegó la clara información que trae este libro, me abrió los ojos y me cambió la vida.

8/9/13

de Sam Keen:

“Creo que la lógica que determina nuestra supervivencia o destrucción es despiadadamente simple:

O aceptamos la vocación de salvar la tierra o morimos.

Y.

Únicamente podemos salvar lo que amamos.

Solamente podemos amar lo que conocemos.

Solamente podemos conocer lo que tocamos.

Advertencia: se cuidadoso con lo que te pasas el día tocando porque modelará tu mente, tu cuerpo y tu corazón.”

Si queres leerla completa: http://utopiarealizable.com/tierra/

18/8/13

Hace rato no posteamos nada: tuvimos necesidad de hacer una pausa. Porque sentimos que se había terminado la primer etapa de difusión de este libro maravilloso, habíamos cumplido nuestro primer objetivo. Y ahora vamos por más. Queremos que sean muchas más las personas que lo lean; también queremos que sean muchas más las personas que lo compren. Riéndonos, siempre decimos que somos “la editorial de un solo libro”; y poder vender éste, nos va a permitir editar los maravillosos libros que le siguen….

12/7/13

Se que los detractores del vegetarianismo esgrimen a menudo el tema de la conciencia de las plantas. Y se cuan ignorantes y hostiles suelen ser estos detractores. Para ellos, la idea de respetar a las plantas es tan ridícula como la de respetar a los animales. Argumentan como abogados del diablo. Está claro que él no necesita de la ayuda de nadie para obrar. Mi intención es abordar el asunto con seriedad. En las palabras de los vegetarianos yo oigo una súplica, un ruego que es casi una plegaria: “Quiero vivir sin dañar a otros. Que mi vida sea posible sin muerte”. Esta plegaria contiene una feroz ternura y también una apasionada repugnancia. Manifiesta amor a todos los seres, y horror ante el sadismo de la humanidad. Es una pegaria que palpita en mí como otro corazón. Lo que me separa de los vegetarianos no es la ética ni el compromiso. Es la información.

5/7/13

¿Qué hace falta para que tú, vegetariano o carnívoro, reconozcas que las plantas tienen conciencia? ¿Será cuándo descubras que un árbol descortezado muere si está solo, pero es capaz de sobrevivir muchos años si lo rodea su comunidad? Las otras especies le envían al herido “carbón, fósforo, azúcares y más” (133). ¿En qué difiere eso de aquello de las ballenas que sacan a la superficie a sus congéneres enfermos para que respiren? ¿Por qué nos resistimos a aceptar a las plantas en nuestro círculo? Compartimos el 50 % de nuestro ADN con ellas.

26/05/13

Se acuerdan del Dr. Weston Price, 5to fragmento ? “¿Y yo? Me tocó el último lugar. Price buscó específicamente pueblos indígenas que gozaran de perfecta salud nutriéndose de una dieta exclusivamente vegetal. No encontró ninguno. Escribió: “Es significativo que hasta ahora no haya encontrado grupo alguno que construya y mantenga buenos cuerpos basándose exclusivamente en alimentos vegetales. Diversos grupos intentan lograrlo, con obvias evidencias de fracaso”.”

26/04/13

“Suelo, especies, ríos. Esa es la muerte en tu comida. La agricultura es carnívora; su alimento son los ecosistemas. Y se los traga enteros.”

23/03/13

NOVENO FRAGMENTO:

CAPÍTULO 4 Vegetarianos nutricionales

Comencemos con África hace siete millones de años, pues allí fue donde empezó la vida humana. El clima, creación de nuestros ancestros —esa parentela amada constituida por bacterias, hongos y plantas— pasó de húmedo a más moderado y seco. Los árboles dieron paso a las hierbas, y una marea de sabanas se extendió por el mundo. Las hierbas gestaron a los grandes herbívoros. Hace veinticinco millones de años, en la exuberancia de la evolución, unas pocas plantas se pusieron a crecer desde la base en lugar de hacerlo desde el ápice. El pastoreo no las mataba, sino precisamente lo contrario: estimulaba su crecimiento al fortalecer sus raíces. Todas las plantas quieren nitrógeno y nutrientes predigeridos, y los rumiantes se los proveían a las hierbas mientras las pastoreaban. Es por eso que, a diferencia de otras plantas, las hierbas o pastos no contienen toxinas ni repelentes químicos y tampoco medios de defensa mecánicos, como espinas o púas que sirvan para rechazar animales. Los pastos quieren ser pastoreados.

El pasto creó a la vaca; la “domesticación” por los humanos fue, en comparación, un reacomodamiento mínimo del genoma bovino, que resultó en la igualmente pequeña modificación del genoma humano que hace que toleremos la lactosa.

Nuestros antecesores directos vivían en los árboles, hasta que estos comenzaron a desaparecer. Contábamos con dos ventajas evolutivas para enfrentar el cambio: pulgares oponibles y sistemas digestivos omnívoros, que nos dieron respectivamente la posibilidad de manejar herramientas y la capacidad y el instinto de ingerir y procesar una amplia gama de alimentos. Algunos animales se alimentan de un solo tipo de comida. Los koalas consumen únicamente hojas de eucalipto, y las avispas de la higuera solo comen higos. Este tipo de alimentación es una apuesta riesgosa. Si tu alimento desaparece, tú también. El cerebro requiere de un suministro energético elevado, y el de tales especies suele ser pequeño, pues racionan con precisión sus consumos de energía para mantener sus sistemas vitales en funcionamiento.

Aunque el chocolate pueda hacernos pensar lo contrario, los humanos no estamos hecho para vivir de un solo alimento. Antes de ser humanos éramos una especie arborícola y nos alimentábamos sobre todo de frutas, hojas e insectos. Pero desde el momento en que comenzamos a caminar erguidos, nos alimentamos de grandes rumiantes. Hace cuatro millones de años nuestros predecesores, los Australopithecus, comían carne.

Alguna vez se creyó que los Australopithecus eran frugívoros; se suponía que la línea divisoria entre los géneros Homo y Australopithecus era el gusto de aquellos por la carne. Pero los dientes de cuatro esqueletos de tres millones de años de antigüedad encontrados en una cueva de Sudáfrica dicen otra cosa. Los antropólogos Matt Sponheimer y Julie Lee-Thorp descubrieron que el porcentaje de carbono-13 depositado en el esmalte dental de esos esqueletos coincidía con el de los pastos tropicales, es decir que no tenía la composición de isotopos del carbono que hubiese correspondido a una alimentación frugívora. La composición isotópica de una dieta queda registrada en los tejidos de quienes la consumen, y este hallazgo sugiere que los Australopithecus consumían grandes cantidades de hierbas tropicales o de los animales que se alimentan de ellas. Las marcas de desgaste de los dientes resolvieron la disyuntiva. No eran compatibles con las que habría producido una alimentación herbívora, de modo que se las considera un fuerte indicio de que los Australopithecus se alimentaban de animales que a su vez comían pasto.1

Los Australopithecus comían a los animales herbívoros, los grandes rumiantes que fueron consecuencia de la aparición de las sabanas.

Se han encontrado herramientas de piedra junto a los huesos de animales extinguidos hace mucho. Herramientas y huesos esperaron durante 2.6 millones de años para contarnos su historia, que es la nuestra. Algunos de los huesos tienen marcas de dientes a las que se superponen otras, hechas con herramientas; se trata de animales muertos por carnívoros y después aprovechados por carroñeros humanos que les iban a la zaga. Otros huesos exhiben la pauta opuesta: marcas de implementos primero, de dientes después: cazadores humanos seguidos de carroñeros de otras especies. Venimos de un largo linaje de cazadores: 150 000 generaciones.2

Este es el aprendizaje que tal linaje siguió hasta, gracias a él, devenir humano. Hicimos herramientas para tomar lo que el pasto ofrecía: grandes animales cargados de nutrientes, más de los que nunca hubiéramos podido encontrar en frutas y hojas. El resultado es que estás leyendo estas palabras. Nuestros cerebros tienen el doble del tamaño y nuestros sistemas digestivos son un 60 % más cortos de lo que corresponde a un primate de nuestra talla. Nuestros tejidos fueron construidos por alimentos ricos en nutrientes. Los antropólogos L. Aiello y P. Wheeler han denominado a esta idea “Hipótesis del tejido caro”. El cerebro del Australopithecus creció hasta transformarse en el del Homo debido a que la carne permitió que nuestro sistema digestivo se redujese, liberando así la energía necesaria para cerebros de esas proporciones.3

En ese mismo orden de ideas, comparemos a los humanos con los gorilas. Los gorilas son vegetarianos y entre los primates son los que tienen, proporcionalmente, el cerebro más pequeño y el tracto digestivo más largo. Lo contrario de nosotros. Y nuestro cerebro, el verdadero legado de nuestros ancestros, necesita ser alimentado.

Los vegetarianos tienen su propio relato, muy distinto del que cuentan huesos y herramientas, dientes y cráneos. “La verdadera fuerza y los materiales de construcción provienen de las hortalizas de hoja, donde están los aminoácidos” escribe un gurú vegano. “Gorilas, cebras, jirafas, hipopótamos, rinocerontes y elefantes construyen sus enormes musculaturas en base a hojas verdes”.4 Lo cierto es que los gorilas y todos los demás animales de la lista albergan las bacterias fermentadoras necesarias para la digestión de celulosa. Nosotros no.

Este hombre escribe libros sobre dieta sin siquiera saber cómo es el proceso digestivo humano.

Para la mayor parte de nosotros, nuestros cuerpos, por debajo de nuestras pieles y nuestras costillas, son territorio desconocido. Pero si hacemos a un lado el relato que quisiéramos que fuera real y escuchamos en cambio a nuestros cuerpos, nos daremos cuenta de que la biología no miente. En las tablas de las páginas siguientes verás reflejada la larga historia que árboles y sabana, pastos y rebaño, dejaron escrita en el cuerpo humano. (las tablas no figuran aquí, sí en el libro, porque no las hemos podido trasncribir para este formato)

Hay dos pequeñas diferencias entre humanos y perros. Una es que nuestros dientes caninos son más cortos. Se cree que alguna vez los nuestros fueron más largos que ahora, y que se acortaron con el empleo del fuego y las herramientas. La otra es que nuestros intestinos son más largos, aunque ni se aproximan a la longitud de los de las ovejas. Son el legado de nuestro lejano origen como frugívoros arborícolas. Y son lo que nos pone en la categoría de omnívoros.
Pero los gráficos que presentamos a continuación aclaran lo que los apegos políticos y emocionales —y la pirámide de alimentos de la FDA [Food and Drug Administration, entre regulador de los alimentos en los EUA] oscurecen: estamos diseñados para consumir carne, para la grasa y proteína que esta provee. En palabras de los doctores Michael y Mary Dan Eades: “En los círculos científicos antropológicos no hay absolutamente ningún debate al respecto… toda autoridad respetable confirma que éramos cazadores… nuestro legado carnívoro es un hecho ineludible”.5

El relato no solo lo cuentan huesos y dientes, sino también los humanos mismos. Se trata de una versión pictórica preservada durante 40 000 años en cuevas encontradas en lugares que van desde Sudáfrica hasta Eurasia. Algunas de las imágenes son esquemáticas, un mero bosquejo de lo esencial. Otras, ricas en detalles y textura, aprovechan los relieves y curvas de las paredes de la cueva para dar volumen y movimiento. “Estos bisontes” escribió un observador “parecen saltar desde los rincones de la gruta”.6 O, como dijo Pablo Picasso al ver el arte rupestre de Lascaux: “No inventamos nada en los últimos 12 000 años”. Es verdad. De hecho, no inventamos nada en los últimos 40 000 años. Y lo cierto es que no fuimos los únicos en inventar: las manadas de uros y bisontes salvajes nos inventaron a nosotros al producir nuestros cerebros a partir de sus cuerpos ricos en nutrientes.

Algunos escritores pretenden argumentar que la caza fue el primer acto de dominio, de opresión política. Pero la vida solo es posible mediante la muerte. Todo depende de matar, de manera directa o indirecta. Lo haces u otro lo hace por ti. Los animales, de la mantis religiosa hasta el oso, cazan y ¿observaste alguna vez como la enredadera kudzu se carga un árbol? Sin embargo, ninguno de ellos, animal o vegetal, instala OCAs ni campos de concentración. Y aunque la especie humana también debe matar, muchas culturas se construyeron en torno a la reciprocidad, la humildad y la bondad básica. Si alimentarse, vivir, significa que estamos destinados al sadismo y el genocidio, el universo es un lugar enfermo y retorcido y no quiero participar de él. Pero no creo que ese sea el caso. Mi experiencia de la alimentación, del matar, del participar, ha sido otra. Cuando veo el arte que produjeron seres humanos anatómicamente idénticos a nosotros, no veo una celebración de la crueldad ni una estética del sadismo. Ya sé que no estuve allí ni entrevisté a los artistas. Pero sé reconocer la belleza.

Y no cabe duda acerca de qué comían estos artistas. Junto a sus dibujos dejaron herramientas, entre ellas muchas destinadas a matar y faenar. Son de una precisión exquisita y las que están hechas de madera son los artefactos de este material más antiguos que se hayan encontrado.

Los arqueólogos han calculado que una punta de lanza de cuarenta centímetros de longitud, hecha de madera de tejo, descubierta en Claxton, Inglaterra, en 1911, tiene entre 360 000 y 420 000 años. Otra lanza, también de tejo, y de casi dos metros y medio de longitud, tiene 120 000 años. Fue hallada en 1948 en Lehringen, Alemania, entre las costillas de un elefante extinguido. En una mina de carbón cerca de Schoninger, también en Alemania, se encontraron lanzas de madera de abeto conformadas como las jabalinas modernas— la más larga medía más de dos metros. Tenían entre 300 000 y 400 000 años.

Y nuestros ancestros sabían usar sus herramientas. El libro Fairweather Eden trata de una excavación en Boxgrove, Inglaterra, lugar que antes pululaba de rinocerontes y caballos salvajes, mamuts y osos de las cavernas. Eran animales peligrosos y bien equipados para la defensa. Los colmillos de los osos de las cavernas medían casi ocho centímetros, y sus poseedores tenían “suficiente fuerza en las quijadas como para partir en dos a un humano”.8 Si nos hubiese sido posible vivir a base de fruta recolectada ¿no lo habríamos hecho? Pero el hambre nos dio coraje, el suficiente como para llevarnos a cultivar nuestras habilidades. Los arqueólogos de Boxgrove le llevaron a un carnicero local un ciervo recién matado y le pidieron que lo despostara con implementos de pedernal allí encontrados. Las marcas de los cortes del carnicero moderno eran casi idénticas a las dejadas por sus predecesores de hace 500 000 años.9 No, no hemos inventado nada.

A excepción de la agricultura. Y con la agricultura vienen las “enfermedades de la civilización”. Nadie habla de las “enfermedades de los cazadores-recolectores”. Eso es porque, en términos generales, no se enferman. No es este el caso de los agricultores que han destruido sus cuerpos, además del planeta. La lista de enfermedades de la civilización incluye “artritis, diabetes, hipertensión, problemas cardíacos, accidente vascular, depresión, esquizofrenia y cáncer”, además de dientes torcidos, mala vista y un vasto conglomerado de anomalías inflamatorias y autoinmunes.10

Las enfermedades son ubicuas entre los civilizados y “una absoluta rareza” entre cazadores-recolectores.11 El doctor Loren Cordain, en su artículo “Granos de cereal: la espada de dos filos de la humanidad”, escribe:

Los granos de cereal son un alimento básico y también una adición relativamente reciente a la dieta humana; representan una variación radical respecto a la dieta a la que estamos genéticamente adaptados. La discordancia entre la dieta genéticamente determinada de la humanidad y su dieta actual es responsable de muchas de las enfermedades degenerativas que aquejan al humano industrial… hay un significativo cuerpo de evidencias que sugiere que los granos de cereal son alimentos menos que óptimos para los humanos, y que la conformación genética y fisiología humanas pueden no estar del todo adaptadas a altos niveles de consumo de tales alimentos.12

La evidencia arqueológica es irrebatible, como también lo es el testimonio vivo de las ochenta y cuatro tribus de cazadores- recolectores que aún sobreviven. Consumen la dieta que dicta la evolución que dio origen a todos los humanos: “carne roja, aves, peces, además de las hojas, frutos y raíces de diversas plantas”.13 Nos alimentamos de comida que solo existe desde hace unos pocos miles de años: especies anuales domesticadas, en particular granos, y, sobre todo, los productos industriales de estos, como harinas refinadas, azúcares y aceites. Como señala Cordain: “Más del 70% de nuestras calorías alimentarias provienen de comidas que nuestros ancestros paleolíticos consumían rara vez, si es que lo hacían”.14 Nuestros cuerpos, con sus enfermedades degenerativas y crecimiento anormal de células son todo el testimonio que hace falta para demostrar que nuestra dieta es antinatural.

Sabemos, pues, qué comían nuestros ancestros. Porque nuestra dentadura está diseñada para comer carne, no celulosa; porque tenemos un único estómago y segrega ácido. Porque el esmalte dental y el arte de nuestros ancestros dan testimonio de su alimentación. Porque se han encontrado herramientas humanas destinadas a la faena de animales junto a los restos de animales faenados. Y porque, para decir algo obvio, los cazadores-recolectores que sobreviven hoy, cazan.

16/02/13

OCTAVO FRAGMENTO:

Ello ha resultado en un interminable torrente de maíz que sofoca nuestras arterias y receptores de insulina, nuestras comunidades rurales y las economías de subsistencia más pobres en el mundo entero. El maíz tiene un alto costo en lo ambiental: hay cincuenta y siete litros de petróleo por kilolitro.46 En esencia, se trata de una enorme transferencia de dinero del contribuyente estadounidense a los carteles cerealeros gigantes, que tienen la capacidad de mantener el precio de mercado por debajo del de los costos de producción. Y quienes pagamos la diferencia somos todos. Nada menos que 5000 millones de dólares solo en subsidios al maíz van directamente a los bolsillos de Cargill y Monsanto.47

Alimentamos a las vacas con maíz porque es barato; pero el plural del verbo es engañoso y ciertamente no incluye al ciudadano promedio. Seis empresas controlan el 75 % del movimiento de grano; deciden los precios que el agricultor se ve obligado a aceptar. Esta concentración del control se ha transmitido a toda la cadena de insumos alimentarios: maíz y soja se transforman en carne vacuna, porcina y aviar barata, mediante procesos industriales que pasan por alto el hecho de que los animales son criaturas vivientes. Algunas culturas consideran que darles maíz a los animales es un sacrilegio; para las corporaciones que controlan nuestro alimento, es una necesidad.48 Michael Pollan expresa así una cuestión que todo ciudadano libre debería entender:

Todo lo relacionado al maíz encaja a la perfección con los engranajes de esta gigantesca maquinaria; ello no ocurre con el pasto. El grano es lo más parecido a un insumo industrial que produce la naturaleza: almacenable, transportable, fungible, idéntico a cómo era ayer, a cómo será mañana. Como puede ser acumulado y trocado, el grano es una forma de riqueza. También es un arma… el país que tiene más excedentes de granos siempre dominó a aquellos donde el grano escasea. A lo largo de la historia, los gobiernos han instado a sus agricultores a cultivar grano en exceso como reaseguro contra hambrunas, para liberar mano de obra para otras actividades, para mejorar la balanza comercial, y para aumentar el poder gubernamental de cualquier otra manera… los verdaderos beneficiarios de este cultivo no son los consumidores de alimento de los Estados Unidos, sino el complejo industrial-militar de ese país. En una economía industrial, el cultivo de granos nutre a la economía en su conjunto: la industria química y biotecnológica, la del petróleo, la automotriz, la farmacéutica (sin la cual no se podría mantener a los animales de las OCAs en buena salud), la del agro y la balanza comercial. El cultivo del maíz alimenta al mismo complejo industrial que la impulsa. No es sorprendente que el gobierno la subsidie con tanto empeño.49

Una vez que puso en marcha esa orgía de carbohidratos baratos, el gobierno se abocó a ayudar a los carteles cerealistas a aprovecharla, concediendo exenciones impositivas a las OCAs y eximiéndolas de las leyes de protección ambiental y desarrolló un sistema de categorización de la carne que privilegió el “veteado” graso de la carne de animales alimentados a grano.

Veamos ahora el pasto. El pasto no es un bien transable. No es fácil de almacenar, transportar, estandarizar, comerciar. Es, como la luz del sol y la lluvia, un recurso absolutamente local y descentralizado. Y, al igual que la luz del sol y la lluvia, no puede ser empleado para concentrar poder. Los granjeros que basan su actividad en el pasto no necesitan fertilizantes, pesticidas, compuestos farmacéuticos, combustibles fósiles. No son una industria; son verdaderos granjeros que se dedican a un trabajo que requiere de un acervo de conocimientos, no un manual de instrucciones. El pasto no puede ser convertido en la comida basura hiperprocesada que atesta nuestras tiendas de alimentos. Necesita pasar por un rumiante que lo convierte en alimento, no en bien transable, en un alimento enraizado, como el pasto mismo, en una ecología local y una economía local.

Y, potencialmente, en una política local. El movimiento populista fue un movimiento de granjeros: independientes, rústicos, orgullosos, incorruptibles. En la actualidad, ni siquiera quedan suficientes granjeros como para llenar una escuela media con su progenie, menos aún para organizarse en una causa común. Los enemigos son más estructurales que visibles, aunque vale la pena señalar que ADM y Monsanto tienen cuarteles generales corporativos y directores generales con direcciones. Y que esas corporaciones son responsables de los subsidios que llevan al exceso de producción, al derrumbe de precios, a la extinción de los pequeños granjeros en todo el mundo.

Alimentamos a las vacas con maíz porque el maíz es imposiblemente barato y porque las vacas crecen mucho más rápido si lo comen que si viven de su dieta natural. Un novillo alimentado a grano llega a su peso de faena en un lapso de nueve a doce meses, en lugar de dos años. Los pollos de OCA alcanzan la adultez en seis semanas, no en cinco meses como ocurría en 1935, ritmo familiar apropiado para una granja familiar.50 En 1940, una buena vaca lechera producía unos 2000 litros de leche al año; en la actualidad, una lechera alimentada a grano da cerca de 10 000.51 En palabras de Michael Pollan: “Alimentar a una vaca con maíz-insumo industrial es industrializar el milagro de la naturaleza que es un rumiante, tornando ese organismo que funciona a base de luz solar y pasto de pradera en precisamente aquello que menos necesitamos: otra máquina alimentada a combustible fósil. Pero esta máquina tiene capacidad de sufrimiento”.52

Por más que el producto resultante sea barato, hay un precio a pagar. Y todos, animales, tierra, río, granjeros, consumidores, lo estamos pagando.

Así que eres ambientalista; entonces ¿por qué defiendes a los insumos comerciales y no al alimento, a la ganancia de las corporaciones y no a los productores locales y a las economías vivientes, al poder y no a la justicia?

16/02/13

SEPTIMO FRAGMENTO: 2 perlitas dos para hoy…… séptimo y octavo fragmentos:

Hasta la década de 1950, la agricultura aún estaba limitada por la energía que irradia el sol. Lo que ello significa en lo práctico es que los animales debían ser integrados a las granjas pequeñas porque su estiércol —la mejor fuente natural de nitrógeno— era necesario para ellas. Los animales comían la celulosa de las pasturas, en rotación con cultivos anuales. En la mayor parte de los lugares, el suelo se agotó y el resultado final fue el imperialismo; pero la biología y la física establecen límites en lo que hace a módulos constructivos y energía. El nitrógeno era apreciado, y cada molécula era aprovechada por plantas hambrientas y, en última instancia, humanos hambrientos. Esta es la química que deberíamos aprender como si fuese una liturgia: la vida habla en el idioma del nitrógeno. Es probable que sepas que los aminoácidos son los bloques con que se construyen las proteínas. Bien, el nitrógeno es el módulo constructivo de los aminoácidos, el alfabeto del ADN.

Si bien el nitrógeno abunda en la atmósfera, los procesos vitales no pueden disponer de él porque está acoplado en uniones estrechas. Para que se vuelva disponible, estos pares deben ser divididos para después recomponerlos con átomos de hidrógeno. Esto se denomina “fijación” del nidrógeno. Si eres jardinero, habrás leído que las leguminosas “fijan” el nitrógeno. Como de costumbre, quienes llevan a cabo el trabajo son las bacterias; estas en particular viven en una relación simbiótica con las plantas leguminosas, a las que les truecan nitrógeno por una gotita de azúcar vegetal. Este proceso es, en esencia, el origen de todo el nitrógeno disponible del planeta.24 Hace cien años, científicos europeos entendieron que el nitrógeno es un factor limitante para la humanidad, y que alcanzar ese límite llevaría con certeza a la hambruna. Los agrónomos asiáticos llegaron más o menos a la misma conclusión aproximadamente medio siglo más tarde, y ello bien puede haber desempeñado un papel en la apertura diplomática de China hacia los Estados Unidos. La primera gran compra que hizo Beijing después de la histórica visita de Richard Nixon fue de gigantescas plantas industriales productoras de nitrógeno.25

Esas inmensas fábricas productoras de nitrógeno dependen de dos cosas: combustibles fósiles y un hombre llamado Fritz Haber. El proceso Haber-Bosch usa tremendas magnitudes de calor y presión para forzar la unión de nitrógeno e hidrógeno. Ello resulta en una forma utilizable de nitrógeno. Se necesitan grandes cantidades de electricidad para producir el calor y la presión, y grandes cantidades de carbón, petróleo o gas para producir el hidrógeno. El proceso se basa en combustibles fósiles del principio al fin.

Para comprender el profundo impacto que el proceso Haber-Bosch ha tenido sobre el planeta, basta con decir que dos de cada cinco personas viven solo porque él existe.26 Así que la agricultura moderna, en lugar de funcionar a base de sol, lo hace en base a combustibles fósiles. Un sistema industrial independizado del sistema biológico nació en 1947, cuando una fábrica de municiones de Alabama fue reconvertida para la producción de fertilizantes químicos. ¿Una fábrica de municiones? A esta altura, ya habrás comprendido que eso de la agricultura como guerra es algo más que una metáfora.

Recuerda que las plantas anuales solo consiguen su lugar bajo el sol cuando una catástrofe abre un nicho en los policultivos perenes. Como dice Richard Mannnig:

La agricultura consiste en abrir ese nicho una y otra vez. Es una catástrofe artificial anual, y requiere de 5 a 7 toneladas de TNT por hectárea por cada granja estadounidense. Los campos de Iowa consumen cada año una energía equivalente a la de 4000 bombas como la lanzada sobre Nagasaki.27

Haber hizo su descubrimiento cuando colaboraba con el esfuerzo bélico de su Alemania natal durante la primera guerra mundial. El nitrógeno sirve para hacer bombas estupendas. Alemania obtenía sus nitratos del guano de yacimientos en Chile, hasta que Gran Bretaña interrumpió el suministro. El descubrimiento de Haber sirvió para que Alemania pudiera seguir guerreando. También le valió el premio Nobel. Haber desarrolló gases venenosos, incluidos los de amoníaco y cloro, así como el Zyklon B que se utilizó en los horrores del Holocausto. Supervisó el primer ataque con gases de la historia, el 22 de abril de 1915.28 Esta superposición entre guerra y agricultura solo puede sorprender a quien crea en el mito de la civilización o en el mito de los vegetarianos políticos, que llegan a conclusiones similares, lo cual no es de extrañar, ya que tienen un mismo origen: la agricultura y sus monocultivos anuales. El mito es que la agricultura es progreso, para los derechos humanos, la salud humana y la cultura humana. El mito continúa: los alimentos agrícolas son los de paz y justicia. Un poster titulado “Cómo construir una comunidad global” da una lista de actividades como “busca etiquetas que señalen comercio justo y trabajo sindicalizado”, “cuestiona el consumo” y “honra los días festivos de todos”. Y también: “integra hortalizas, legumbres y granos a tu dieta”. ¿Y si esas cosas no crecen donde vivo? ¿Cómo es posible que mi consumo de guisantes chinos, fresas chilenas o maíz de Iowa produzca otra cosa que más explotación y destrucción? ¿Qué hacer si quieres preservar, digamos, la biodiversidad, los ríos, la capa de tierra de superficie, las comunidades humanas autosuficientes de todo el planeta? Ese poster debería decir: “Conoce tu tierra y tu agua, tus granjeros locales y sus animales. Aliméntate de lo que crece de manera sustentable en tu propia unidad productora”. A continuación debería decir: “Hazte una vasectomía”. Pero tanto rejas de arado como espadas son las armas de los civilizados. Las espadas conquistan las tierras que las rejas de arado destruirán, produciendo así necesidad de más espadas. Y la sangre de las poblaciones originarias será un buen fertilizante por una o dos temporadas.

Desde 1947, el fertilizante proviene del combustible fósil. Ese fue más o menos el momento en que la tierra arable del planeta perdió casi toda su fertilidad, y la agricultura ya casi había agotado su avance totalizador. Pero en lugar de una corrección biológica a una especie que había crecido más allá de sus medios de subsistencia, llegó la revolución verde. Richard Manning lo expresa bien: “Con la posible excepción de la domesticación del trigo, la revolución verde es lo peor que le pasó al planeta”.29

El haber logrado desligarnos de nuestra dependencia del sol y de la fertilidad de la naturaleza llevó a una explosión en la producción de granos y una expansión concomitante de la población humana. En este momento hay más de seis mil millones de seres humanos. Entiéndelo: miles de millones de personas estamos aquí solo por el combustible fósil, porque comprendimos como transformar energía almacenada en energía comestible. No hay otra forma de acceder a esa energía. A medida que petróleo y gas se vuelvan más caros primero, prohibitivamente caros después, no habrá modo de mantener el suministro de granos. ¿Y después? Digamos que no será una fiesta a la que me gustaría asistir.

Pero lo que ha hecho posible la crianza industrializada de animales es la industrialización de la agricultura. Este es otro punto que los vegetarianos políticos deben entender. Los animales ya no eran necesarios en las granjas, de modo que se los alejó de su alimento nativo, de sus patrones vitales naturales. Su capacidad de transformar celulosa en nitrógeno dejó de ser considerada ventajosa ante la facilidad con que se podía obtener maíz abundante y barato a partir de tierra pelada y combustible fósil. Entonces, una auténtica anomalía comenzó a tener sentido en lo económico; ocurrió que los animales eran los únicos capaces de absorber la montaña de maíz que producían los Estados Unidos. El maíz barato, en palabras de George Pyle: “ha fomentado el crecimiento de un sistema de producción industrializada de carne vacuna, porcina y aviar que… no existiría de no ser por él”.30 O, como dice Michael Pollan: “la urbanización de la población animal de los Estados Unidos nunca habría tenido lugar sin el advenimiento del maíz barato subvencionado por el gobierno federal”.31

Los rendimientos agrícolas se duplicaron entre 1963 y 1997. Esta duplicación tuvo un costo: el empleo de fertilizante aumento en un 645 % entre 1961 y 1996.32 Escribe George Pyle: “La práctica de arar los campos una y otra vez, quitando la cobertura herbosa y envenenando a bichos y hierbajos despoja a la tierra de la mayor parte de sus capacidades creadoras de vida. Como este suelo profundamente labrado no puede capturar nitrógeno como lo hace el suelo viviente, el granjero le echa cada vez más fertilizantes químicos”.33 Ya hemos visto como estos cultivos exigen crecientes cantidades de agua de ríos ya moribundos, napas acuíferas cada vez más profundas, acuíferos vaciados, y como la irrigación crea un erial de desiertos incrustados de sal. Lo que quiero decir con todo esto es que esta abundancia de granos no es una abundancia real. Cuando los vegetarianos afirman, por ejemplo que: “Gran Bretaña podría sustentar una población de 250 millones si adoptara una dieta vegetariana”34 basan sus números en una producción inflada, solo posible a fuerza de fertilizantes y combustible fósil. Ni hablar de la pérdida de suelo, la salinización, lo ríos vaciados. Los granos de esos números, sean consumidos por personas o animales son, en esencia, combustibles fósiles con tallo.

“Desde que agotamos las tierras de labranza, la comida se volvió petróleo” escribe Richard Manning.35 En 1940, una granja promedio “producía dos calorías de energía alimenticia por cada caloría de energía fósil que utilizaba. En 1974… la proporción fue de 1:1”. En la actualidad, producir una caloría de energía alimenticia para humanos lleva más de una caloría de combustible fósil.36 El combustible fósil está tanto en el fertilizante como en los pesticidas, además de ser esencial para la maquinaria necesaria para sembrar, cosechar, procesar y transportar el grano. Tomando todos estos factores en cuenta, una hectárea de maíz se bebe más o menos 400 litros de petróleo.37

Los vegetarianos políticos, por más nobles que sean sus intenciones, proponen una dieta planetaria que ignora por completo de dónde sale el alimento. Partidarios como Peter Singer y John Robbins quieren que cultivemos exclusivamente granos anuales y no criemos animal alguno. Dejemos de lado los problemas vinculados a la capa fértil, el agua, el clima y la topografía. ¿Quién va a fertilizar ese grano? Peter, John: ¿Quién va a alimentar a tu alimento? Los vegetarianos, como todos los que forman parte de la cultura industrial urbana no tienen ni idea de que las plantas necesitan comer, de que el suelo vive y tiene hambre. Parecen escandalizarse cuando les pregunto quién alimentará a su alimento. Sus expresiones dicen: ¿Qué? ¿Las plantas comen? ¿No es que… crecen solas? Alguna vez yo tampoco sabía, así que soy paciente. Pero en algún momento tendremos que dar respuesta a la pregunta: ¿combustible fósil o estiércol?

28/01/13

SEXTO FRAGMENTO: la continuación del 1er capítulo: “Por qué este libro”:

“Recuerdo el día que una maestra, la señorita Fox, escribió dos palabras en la pizarra: “civilización” y “agricultura”. Lo recuerdo por cómo bajó la voz, por la gravedad con que habló, por su explicación que fue casi una pieza de oratoria. Esto era Importante. Y entendí. Todo lo que era bueno en la cultura humana surgía de allí: toda comodidad, toda gracia, toda justicia. De allí nacían la religión, la ciencia, la medicina, el arte; podíamos triunfar en nuestra incesante lucha contra el hambre, la enfermedad, la violencia. Y todo porque los humanos habíamos aprendido a cultivar lo que comemos.

La realidad es que la agricultura ha creado una pérdida neta para la humanidad en lo que hace a derechos y cultura: esclavismo, imperialismo, división de clases, hambruna crónica, enfermedades. “El verdadero problema, pues, no es explicar por qué algunos pueblos tardaron tanto en adoptar la agricultura, si no por qué fue adoptada en absoluto, tratándose de algo tan indeseable”, escribe Colin Tudge de la Escuela de Economía de Londres 3. La agricultura también ha sido devastadora para los otros seres con quienes compartimos la tierra, y, en última instancia, para los sistemas de soporte vital del planeta mismo. Lo que está en juego es todo. Si queremos un mundo sustentable, debemos estar dispuestos a examinar las relaciones de poder detrás del mito fundacional de nuestra cultura. Menos que eso nos llevará al fracaso.

Cuestionar a ese nivel es difícil para la mayor parte de las personas. En el presente caso, la lucha emocional inherente a resistir a cualquier hegemonía se ve aumentada por nuestra dependencia de la civilización y en nuestra incapacidad individual para prescindir de ella. La mayoría de nosotros no tendría posibilidades de sobrevivir si la infraestructura industrial se derrumbase mañana. Y nuestra impotencia también empaña nuestra conciencia. En el último capítulo de este libro no hay una lista de Diez Cosas Simples. Porque, a decir verdad, el mundo no se puede salvar con diez cosas simples. No hay una solución personal. Sí hay una red interdependiente de disposiciones jerárquicas, vastos sistemas de poder que deben ser enfrentados y desmantelados. Podemos no estar de acuerdo sobre la mejor manera de hacerlo, pero es indudable que debe ser llevado a cabo si es que pretendemos que la tierra tenga al menos una oportunidad de sobrevivir.

En última instancia, toda la fortaleza del mundo es inútil si no se cuenta con suficiente información como para trazar una hoja de ruta sustentable, en lo personal y en lo político. Uno de mis objetivos al escribir este libro es suministrar tal información. La gran mayoría de los habitantes de los Estados Unidos no cultiva su propia comida, ni menos aún la caza o recolecta 4. No tenemos manera de juzgar cuánta muerte hay detrás de una porción de ensalada, un cuenco de fruta, un plato de carne. Vivimos en ambientes urbanos, en el último suspiro de lo que fueron bosques, a miles de kilómetros de los ríos, humedales y praderas devastados y de los millones de criaturas que murieron para que comamos. Ni siquiera sabemos qué preguntas hacer para averiguarlo.

En su libro Long Life, Honey in the Heart [Larga vida, miel en el corazón], Martin Pretchel escribe sobre el pueblo maya y su concepto de kas-limaal, que quiere decir algo así como “acreencia mutua, vitalización mutua” 5. “La percepción de que todo animal, planta, persona, viento y estación están en deuda con el fruto de todos los demás es una percepción adulta. No reconocer esa deuda significa que no quieres ser parte de la vida y no quieres ser adulto” le explicó un anciano de ese pueblo a Pretchel.

La única manera de salir del mito vegetariano es por medio de kas-limaal, del conocimiento adulto. Es un concepto que nos es necesario, en particular a aquellos que nos rebelamos ante la injusticia. Sé que yo lo necesitaba. En el relato de mi vida, mi primer bocado de carne después de un intervalo de veinte años marcó el fin de mi juventud, el momento en que asumí las responsabilidades de la adultez. Fue el momento en que dejé de resistirme a la fórmula básica de la encarnación: para que uno viva, otro debe morir. En esa aceptación, con todo su sufrimiento y dolor, se encuentra la opción de escoger un camino distinto, un camino mejor.

Los granjeros-activistas tienen un plan muy distinto del de los polemistas-escritores a la hora de llevarnos de la destrucción a la sustentabilidad. Los primeros parten de información completamente distinta a aquella en que se basan los segundos. He oído a activistas vegetarianos aseverar que media hectárea de terreno no alcanza para sustentar a dos pollos. Joel Salatin, uno de los sumos sacerdotes de la granjería sustentable y que además cría pollos, dice que esa superficie alcanza para doscientos cincuenta pollos 6. ¿A quién creer? ¿Cuántos de nosotros contamos con información suficiente para siquiera opinar? France Moore Lappé afirma que producir medio kilo de carne lleva de seis a doce kilos de grano 7. Por su parte, Salatin cría ganado vacuno sin grano alguno, rotando a los rumiantes sobre policultivos perennes, lo que hace que la capa de tierra fértil crezca año a año. Quienes habitan en culturas urbanas industriales no tienen contacto alguno con cereales, pollos, vacas, ni, por cierto, tampoco con la capa superficial de tierra fértil. No tenemos una base de experiencias que nos permita rebatir los argumentos de los políticos del vegetarianismo. No tenemos ni idea de qué ni cuánto comen las plantas, los animales, ni la tierra. Lo cual significa que no tenemos ni idea de qué estamos comiendo.

Cuando yo tenía dieciséis años, enfrentar la verdad sobre la crianza industrializada —su tratamiento cruel de los animales, su costo ambiental— fue para mí un acto de profunda importancia. Me daba cuenta de que la tierra se moría. Se trataba de una emergencia cotidiana con la que lidiaba a diario. Nací en 1964. “Primavera” y “silenciosa” eran términos inseparables para mí. Ocho sílabas, no dos palabras. El infierno estaba allí mismo, en las refinerías de petróleo del norte de Nueva Jersey, en el infierno asfaltado de los suburbios invasores, en la creciente marea humana que ahogaba el planeta. Lloraba con Ojos de Hierro Cody, y anhelaba su canoa y un continente impoluto de ríos y pantanos, aves y peces. Mi hermano y yo trepábamos a un viejo manzano del parque local y soñábamos con adquirir de algún modo una montaña entera. Había algo que nos parecía indiscutible: allí no se admitirían humanos. ¿Quién la habitaría? Ardillas, fue lo único que se me ocurrió. Lector, no rías. Aparte de Bobby el hámster, nuestra mascota, las ardillas eran los únicos animales que había visto. Mi hermano, de masculinidad bien socializada, pasó a torturar insectos y dispararles a los gorriones con su gomera. Yo me hice vegana.

Sí, fui una niña excesivamente sensible. A los cinco años —aquí si te puedes reír— mi canción preferida era Esos fueron los días, de Mary Hopkins. Con cinco años ¿qué pasado romántico y trágico podía yo añorar? Pero la canción era tan triste, tan conmovedora. La escuchaba una y otra vez, hasta quedar exhausta de tanto llorar. Ya lo sé, es cómico. Pero no puedo reírme del dolor que me producía mi propia impotencia ante la destrucción del planeta que presenciaba. Era real, y me abrumaba. Y los políticos del vegetarianismo ofrecían una atractiva panacea. Como yo no comprendía la naturaleza de la agricultura, la naturaleza de la naturaleza ni, en definitiva, la naturaleza de la vida, no tenía modo de entender que, por honrosos que fuesen sus impulsos, su receta era un callejón sin salida que iba a dar a esa misma destrucción que yo ardía por detener.

Tales impulsos, y tal ignorancia, son intrínsecos al mito vegetariano. Cuando volví a comer carne, me pasé dos años leyendo foros veganos en la red. No sé qué me compelía a hacerlo. No era que quisiera debatir. Nunca publiqué nada en ellos. Muchas subculturas reducidas e intensas tienen elementos propios de las sectas, y el veganismo no es la excepción. Quizás mi compulsión tenía que ver con mi propia confusión espiritual, política y personal. Quizás estaba revisitando el lugar de un accidente; pues ahí fue que destruí mi cuerpo. O tal vez se tratara de que tenía preguntas y quería verificar si estaba en condiciones de enfrentar a las respuestas que alguna vez defendiera con ahínco, respuestas que me habían parecido justicieras, pero que ahora sabía vacías. Tal vez no sé por qué lo hacía. Y en cada ocasión, quedaba ansiosa, enojada y desesperada.

Una vez, alguien publicó algo que marcó un punto de inflexión. Un vegano presentó su idea acerca de cómo evitar que los animales fuesen matados; no por humanos, sino por otros animales. Se trataba de construir una valla que dividiera el Serengeti; de un lado los predadores, del otro sus presas. Matar está mal, y ningún animal debe ser muerto. Así, pues, grandes felinos y cánidos silvestres quedarían de un lado, antílopes y cebras del otro. Ello no representaría un problema para los carnívoros, porque no tenían ninguna necesidad de ser carnívoros. Eso era una mentira de la industria de la carne. El vegano en cuestión había visto a su perro comer pasto: su conclusión era que los perros pueden vivir de pasto.

Nadie presentó objeciones. De hecho, otros hicieron sus aportes. Una mujer escribió, toda entusiasmo, que su gato también comía pasto. ¡El mío también! escribió algún otro. Todos estuvieron de acuerdo con que los vallados terminarían con las muertes de animales.

Vale la pena señalar que el lugar para este proyecto liberador era África. Nadie mencionó las praderas de América del Norte, donde tanto carnívoros como rumiantes han sido expulsados por los cereales anuales que tanto aman los vegetarianos. Pero regresaremos a eso en el capítulo 3.

Yo estaba lo bastante informada como para entender que esto era una locura. Pero en el foro, nadie encontraba nada erróneo en la propuesta. De modo que, en el supuesto de que muchos lectores carecen de los conocimientos necesarios para evaluar este plan, haré una breve síntesis.

Los carnívoros no pueden vivir de celulosa. Puede que a veces coman pasto, pero lo emplean como medicina, por lo general como purgante para limpiar su tracto intestinal de parásitos. En cambio los rumiantes han evolucionado para comer pasto. Tienen rumen (de ahí lo de “rumiantes”), el primero de una serie de estómagos múltiples, que actúa como cuba de fermentación. Lo que ocurre en el interior de una vaca o un antílope es que las bacterias se comen el pasto, y los animales se comen las bacterias.

Ni los leones ni las hienas ni los humanos tienen el sistema digestivo de los rumiantes. En estas especies literalmente todo, desde los dientes hasta el recto, está diseñado para digerir carne 7. No tenemos un mecanismo para digerir celulosa.

De modo que, del lado carnívoro de la valla, todos los animales morirían de hambre. Algunos durarán más que otros, y de estos, algunos recurrirán al canibalismo. Los carroñeros se darán un atracón, pero una vez que pelen todos los huesos, también ellos morirán. La mortandad no terminará allí. Sin herbívoros que coman el pasto, la tierra se convertirá eventualmente en desierto.

¿Por qué? Porque si los herbívoros no las comen, las especies perennes maduran y crecen hasta proyectar sombra sobre el punto basal de crecimiento ubicado en la base de la planta. En un ambiente seco como el del Serengeti, la degradación es más bien física (por la acción de los elementos) y química (oxidante), no bacteriana y biológica como en un ambiente húmedo. De hecho, los rumiantes se encargan de muchas de las funciones biológicas de la tierra al digerir la celulosa y regresar los nutrientes, volviéndolos disponibles otra vez, bajo la forma de orina y heces.

Sin rumiantes, la materia vegetal comenzaría a apilarse, reduciendo el crecimiento de las plantas y eventualmente matándolas. La tierra desnuda quedaría expuesta al sol, la lluvia y el viento, los minerales se lavarían y la estructura de la tierra se destruiría. En nuestro intento de salvar a los animales habríamos destruido todo.

Del lado rumiante, los antílopes y demás se reproducirían tan eficazmente como de costumbre. Pero sin el control de los depredadores, rápidamente habría más herbívoros que hierba. Los animales agotarían su fuente de alimento, comerían las plantas al ras y después morirían de hambre, dejando tras ellos un paisaje profundamente degradado.

La lección es obvia, aunque lo bastante profunda como para inspirar una religión: necesitamos ser comidos tanto como necesitamos comer. Los herbívoros necesitan su diaria celulosa, pero la hierba también necesita a los animales. Necesita del estiércol, con su nitrógeno, minerales y bacterias; necesita del control mecánico del pastoreo, y necesita de los recursos almacenados en los cuerpos de los animales, que son liberados por los degradadores cuando aquellos mueren.

Hierba y herbívoros se necesitan unos a otros tal como lo hacen predadores y presas. No se trata de relaciones unidireccionales, de sistemas de dominio y subordinación. Al comer, no nos explotamos unos a otros; solo nos turnamos.

Fue mi última visita a un foro vegano. Me di cuenta de que personas tan profundamente ignorantes de la naturaleza de la vida, con su ciclo de minerales y su intercambio de carbono, de sus puntos de equilibrio en torno a un antiguo círculo de productores, consumidores y degradadores nunca podrían servirme de guía, de que ni siquiera podrían tomar decisiones útiles acerca de una cultura humana sustentable. Le daban la espalda al conocimiento adulto, a la conciencia de que la muerte es inherente al sustento de toda criatura, desde las bacterias a los osos. Y que por ende nunca podrían saciar la ardiente hambre emocional y espiritual que tal conocimiento despertara en mí. Puede que a fin de cuentas este libro sea un intento de aplacar ese ardor por mí misma.

Tengo otras razones para escribir este libro. Una es el aburrimiento. Es cansador tener siempre la misma discusión, en particular cuando no se trata de una discusión fácil. Los vegetarianos pueden sintetizar su programa en cómodas frases hechas, como “la carne es asesinato”, y soluciones autoevidentes, como esa tan atractiva de los ocho kilos de grano. Yo podría inventar mis propias frases hechas (“¿monocultivo es asesinato?”, “la marcha del millón de microbios”) pero no serían comprensibles para el público general. Tengo que empezar desde el principio, desde las primeras proteínas que se autoorganizaron para crear la vida, pasar a la fotosíntesis, plantas, animales, bacterias, suelo y, finalmente, la agricultura. Llamo a esta charla “Microbios, estiércol y monocultivo” y necesito unos buenos treinta minutos para presentar ese marco referencial que es en esencia una educación básica sobre la naturaleza de la vida. Y sí, esta es información —material, emocional, espiritual— que todos deberíamos haber recibido antes de los cuatro años. Pero ¿quién queda que pueda enseñarnos? Y ¿no está todo lo que funciona mal en nuestra cultura incluido en la pregunta misma?

Además, lo que vuelve difícil la discusión no es solo la cantidad de información. A menudo, el oyente no quiere oír, y su resistencia puede ser extrema. “Vegetariano” no se refiere solo a lo que comes o crees. Se trata de quien eres, y es una identidad integral. Al proponer una representación más completa de la política de la alimentación, no solo cuestiono una filosofía ni una serie de costumbres dietéticas. Amenazo también el sentido de identidad del vegetariano. Y los más responden a la defensiva y con ira. Recibí mensajes amenazadores incluso cuando recién comenzaba a escribir la presente obra. Y, no gracias, no quiero más.

También escribo para advertir. Una dieta vegetariana, en particular cuando es baja en grasas y más aún cuando es vegana no suministra suficiente nutrición para el mantenimiento y reparación a largo plazo del cuerpo humano. Para ser breve: te destruye. Lo sé. Cuando llevaba dos años de veganismo, mi salud se resintió, y de manera catastrófica. Desarrollé una enfermedad degenerativa de las articulaciones que padeceré por toda mi vida. Comenzó esa primavera, con un dolor sordo y profundo en un lugar donde yo ignoraba que se pudiese tener sensibilidad. Para el fin del verano, era como si tuviese metralla incrustada en la columna vertebral.

A continuación, vinieron años de creciente dolor y visitas a especialistas cada vez más frustrantes. Me tomó quince años obtener un diagnóstico que fuese algo más que una palmadita en la cabeza. Las columnas vertebrales de los adolescentes no se desintegran sin motivo, y, a pesar de la perfección con que yo describía los síntomas, a ninguno de los médicos se le ocurrió que yo padeciera de Enfermedad Degenerativa del Disco. Ahora tengo fotos, así que me respetan. Mi columna vertebral parece el resultado de un accidente de paracaidismo. Desde el punto de vista de la nutrición, eso es más o menos lo que pasó.

Cuando llevaba seis meses como vegana tuve mi primera experiencia con la hipoglucemia, aunque no supe que se llamaba así hasta que no transcurrieron dieciocho años y se había transformado en mi vida cotidiana. A los tres meses, dejé de menstruar, lo que debería haberme advertido que quizás no estuviese haciendo las cosas bien. Por entonces también comenzó el agotamiento, que no hizo más que empeorar, como así también el frío permanente. Mi piel estaba tan seca que se descamaba y me picaba tanto que no podía dormir por la noche. A los veinticuatro años contraje gastroparesia que tampoco fue diagnosticada ni tratada hasta que cumplí los treinta y ocho y encontré un doctor que trabajaba con veganos en recuperación. Ello significó veinticuatro años de náusea constante. Al día de hoy me es imposible comer después de las cinco de la tarde.

También había depresión y ansiedad. Provengo de un linaje largo y venerable de alcohólicos depresivos, de modo que es evidente que los genes de salud mental que heredé no son los mejores. Nada podía ser peor para mí que la desnutrición. El veganismo no fue la única causa de mi depresión, pero sí un gran factor coadyuvante. Transcurrieron años enteros en los que el mundo estaba compuesto de un peso gris carente de sentido, con pánicos ocasionales como única variante. Disolverse en la impotencia era rutinario. Si no encontraba las llaves de la casa, me quedaba tirada en la sala de estar, inmóvil y al filo del abismo. ¿Cómo podía seguir adelante? ¿Por qué iba querer hacerlo? Las llaves se habían perdido y con ellas yo, el mundo, el universo. Todo se derrumbaba y se tornaba vacío, carente de sentido, casi repulsivo. Sabía que no era racional, pero el estado se prolongaba hasta que agotaba sus posibilidades. Y ahora sé por qué. La serotonina está hecha de triptófano, un aminoácido. Y no hay buenas fuentes vegetales de triptófano. Además, todo el triptófano del mundo no sirve de nada sin grasa saturada, que es necesaria para que los neurotransmisores hagan su trabajo de transmitir. Todos esos años de colapso emocional no se originaron en una falla personal: fueron autoinfligidos y resultado de la neuroquímica.

¿Hay algo más aburrido que los problemas de salud ajenos? Procuraré ser breve. Mi columna vertebral no se recuperó. Pero una dieta basada en productos derivados de animales alimentados a campo reparó algo del daño y me valió un mínimo descenso del nivel de dolor. Mis receptores de insulina también sufrieron daño permanente, pero proteína y grasa mantienen el azúcar de mi sangre en un nivel estable y satisfactorio. Desde hace cinco años que menstrúo con toda regularidad, pero si termino por sufrir de cáncer en mis órganos reproductivos, le echaré la culpa a la soja. Mi estómago funciona; no muy bien, pero funciona… siempre y cuando recuerde tomar clorhidrato de betaína con cada comida. Mi práctica espiritual y mi alimentación rica en nutrientes me han librado de la depresión, cosa que agradezco a diario. Pero el frío y el agotamiento son permanentes. Hay días en los que respirar me lleva más energía de la que tengo.

No hace falta que ustedes hagan la prueba. Pueden aprender de mis errores. Todos mis amigos de la juventud eran radicales, justicieros, intensos. La senda obvia era el vegetarianismo y el camino real que corría en paralelo era el veganismo. Y aquellos que lo practicamos a largo plazo salimos perjudicados. Si cuestiono tu identidad y tu estilo de vida tal vez te sientas confundido, asustado y enojado al leer este libro. Pero créeme: no vale la pena terminar como yo. Solo te pido que sigas adelante con la lectura y explores la lista de recursos que doy en el apéndice. Por favor. En especial si tienes hijos o quieres tenerlos. Si hace falta, te lo suplico, no me importa.

Los fumadores te dirán que no hay nada como un ex fumador. La urgencia por predicar la Buena Nueva parece ser patrimonio de aquellos que creen haber alcanzado la salvación o, en el caso de los fumadores, la recuperación del oxígeno. He hecho cuanto me fue posible por evitar un tono de superioridad moral; lo que busco es comunicar. Espero haberlo logrado. En última instancia, preferiría ayudar y nada más antes que tener razón, en particular al contemplar el futuro que nos espera y cuánto hay en juego. Los valores tácitos que los vegetarianos dicen honrar —justicia, compasión, sustentabilidad— son los únicos capaces de crear un mundo de conexión en lugar de uno de dominio; un mundo en que los humanos perciban a cada criatura —cada piedra, cada gota de lluvia, cada uno de nuestros hermanos emplumados o peludos— con humildad, asombro y respeto.

Ese sería el único mundo capaz de sobrevivir al abuso conocido como civilización. Ofrezco este libro en la esperanza de que tal mundo sea posible.

28/12/12

QUINTO FRAGMENTO:

“El doctor Weston Price ejerció como dentista en Cleveland, Ohio. Nació en una granja en Canadá y se graduó en 1893. La fecha es importante, pues significa que comenzó a ejercer antes de la inundación de alimentos industrializados. En el transcurso de los siguientes treinta años, observó como las dentaduras —y también la salud general— de los niños se deterioraba. De un momento para otro, se encontró con niños cuyos dientes no encajaban bien en sus bocas, niños con mandíbulas atrofiadas, niños con muchas caries. Notó no solo que sus arcos dentarios eran demasiado pequeños, sino también que sus pasajes nasales eran anormalmente estrechos. Además, sufrían de problemas de salud generalizados: asma, alergia, problemas de conducta. Su hipótesis era que estas anomalías y deterioro se debían a deficiencias nutricionales. Para poner a prueba esta hipótesis, él y su esposa Florence, que era enfermera, viajaron por el mundo en busca de culturas cuyos integrantes gozaran de perfecta salud. En la década de 1930 aún existían tales culturas. También encontró a pueblos que habían abandonado sus alimentos tradicionales, sustituyéndolos por “los alimentos invasores que trae nuestra civilización moderna”.114 Los resultados eran los mismos en todas partes: caries, arcos dentarios reducidos, deformidades esqueléticas, cáncer y todo el espectro de las enfermedades degenerativas. Price tomó meticulosas notas sobre las dietas de diversos pueblos. También recogió muestras de sus alimentos y las analizó. Y, quizás lo más importante, tomó fotos. En su informe sobre sus viajes, llamado Nutrition and Physical Degeneration [Nutrición y degeneración física] escribió:

Para presentar la evidencia, he hecho un amplio uso de fotografías. Se dice que una buena ilustración vale tanto como mil palabras de texto… las imágenes son mucho más convincentes que cualquier palabra, y dado que el texto contradice a muchas de las teorías actualmente vigentes, es esencial presentar la información de la manera más concluyente que sea posible.115

Fue una obra esencial para mí. Tras leer el texto una vez, no volví a él. Pero sí miré las fotos una y otra vez. Los dientes, perfectos como collares de perlas en los padres, se inclinaban y torcían en las bocas de sus hijos. Era como si un terremoto hubiese pasado por esas mandíbulas. De hecho, eso era lo que había ocurrido, pero no solo en sus mandíbulas sino en toda su cultura. Y la decadencia de su salud era solo uno de los horribles resultados.

Price estudió a una cantidad de grupos muy alejados de la civilización. Buscaba ejemplos de salud colectiva perfecta, cuyos indicios serían la inexistencia de problemas dentales y de enfermedades crónicas, degenerativas e infecciosas en todas las generaciones. Examinó los dientes y la salud general de pueblos montañeses suizos y de celtas de las Hébridas Exteriores, de los pueblos Inuit y Cree de América del Norte, de los melanesios y polinesios del sur del pacífico. Los Price recorrieron cerca de 10 000 kilómetros en África y estudiaron a treinta tribus. De esas treinta, seis evidenciaban la salud robusta que buscaba.

Price conoció a una gama de culturas humanas que incluía a cazadores-recolectores, pastores y agricultores, que consumían una amplia variedad de alimentos. El doctor Ron Schmid, autor de Native Nutrition: Eating According to Ancestral Wisdom [Nutrición nativa: comer según la sabiduría ancestral] escribe:

Las tribus que consumían alimentos naturales basados en granos tenían arcos dentarios bien formados y resistencia a las enfermedades infecciosas, pero su desarrollo físico, resistencia al deterioro dental y fuerza eran inferiores a los de las tribus que consumían más alimentos de origen animal. Los pueblos de más fuerza física, que a menudo tenían también una resistencia del 100 % a las enfermedades de los dientes eran los pastores-cazadores-pescadores. En los pueblos y puertos donde algunos grupos consumían una combinación de alimentos refinados y primitivos, existían problemas, aunque nunca en la escala en que se manifestaban cuando los alimentos nativos habían sido abandonados por completo.116

Price vio esa misma pauta en Australia, donde los aborígenes costeros que comían alimentos de origen marino eran los más saludables. Cuando esa dieta era sustituida por alimentos agrícolas refinados “la tuberculosis y la artritis deformante se volvían comunes.”117

Los Price también encontraron salud perfecta entre los habitantes de las islas del estrecho de Torres. El médico gubernamental encargado de los isleños declaró que en los trece años que llevaba entre la población nativa de cuatro mil personas, no había visto ni un caso de cáncer. Sí había operado varias docenas de tumores malignos en la población blanca, unas trescientas personas. De hecho, cualquier condición que requiriera de cirugía era extremadamente infrecuente entre los nativos.118 Los pueblos indígenas se resistían a la asimilación y a la comida industrial en particular. Entendían que los almacenes del gobierno representaban un peligro y en muchas ocasiones estuvieron a punto de actuar con violencia contra esas instalaciones.119 Ojalá siguiésemos su ejemplo.

En Nueva Zelanda, los Price trataron con maoríes en todas las etapas de asimilación a la occidentalización, y documentaron la misma decadencia de la salud y aumento de la vulnerabilidad a las enfermedades degenerativas.

El valor del trabajo del doctor Price radica en que supo discernir un patrón. No lo distrajeron las variaciones de macronutrientes ni las diferencias en la alimentación básica. Logró identificar los principios dietarios que garantizaban la inmunidad perfecta a las enfermedades crónicas y degenerativas. Escribe Schmid: “Price nos brindó evidencias abrumadoras de las leyes naturales referidas a las necesidades dietéticas, leyes que operan sobre todos los seres humanos y que regulan la inmunidad, la reproducción y prácticamente todos los aspectos de la salud”.120

Lo que los pueblos “inmunes” valoraban ante todo eran las grasas animales, ricas en nutrientes: vísceras, medula ósea, aceites y huevas de pescado, yema de huevo, sebo, mantequilla. El hígado era particularmente apreciado; a menudo se lo comía crudo y algunos lo consideraban sagrado. Schmid escribe que “alimentos provenientes de uno o más de un grupo de seis eran absolutamente esenciales.” Estos seis grupos eran:

1. Alimentos de origen marino: peces y moluscos, vísceras de

peces, aceite de hígado de pez, huevas.

2. Vísceras de animales salvajes o animales domésticos
alimentados a pasto.

3. Insectos.

4. Grasas de ciertas aves y de animales monogástricos (de un
solo estómago) como mamíferos marinos, conejillos de Indias,
osos y puercos.
5. Yema de huevo de gallinas alimentadas a campo y otras aves.

6. Leche entera, queso y mantequilla de animales alimentados
de hierba.121

Cuando Price analizó estos alimentos —había recolectado más de 10 000 muestras— descubrió que los grupos inmunes ingerían más de diez veces más vitaminas A y D que los estadounidenses de la época. Estas vitaminas se encuentran exclusivamente en la grasa animal. Además, los alimentos en cuestión tenían más del cuádruple de minerales y vitaminas hidrosolubles que los consumidos por los civilizados. La autora y activista Sally Fallon escribe: “Para Price las vitaminas liposolubles eran “catalizadores” o “activadores” de los que dependía la asimilación de todos los demás nutrientes, es decir, proteínas, minerales y vitaminas. En otras palabras, sin los elementos dietéticos presentes en las grasas animales, buena parte de los demás nutrientes se desperdiciarían.”122

Si estás prestando atención, te darás cuenta de que Price tenía razón. Las vitaminas A, S, K y E solo están disponibles en las grasas animales y esas grasas son necesarias para la absorción de minerales y la digestión de proteínas.

Otros médicos también han observado la perfecta salud casi universal entre cazadores-recolectores. El doctor Edward Howell, pionero en la investigación de las enzimas, informó sobre otro médico que vivía con la población indígena cerca de Aklavik (norte de Canadá); afirmó que su colega “nunca había visto ni un solo caso de malignidad.”123 Un informe de un médico que examinó a cientos de pueblos indígenas que consumían sus alimentos nativos encontró que entre ellos “no hay indicio alguno de enfermedad cardíaca… tampoco cáncer ni diabetes.”124 Tales observaciones son frecuentes en la literatura antropológica, pero ignoradas por completo por las instituciones médicas que controlan las políticas de salud pública de los Estados Unidos.

En 1933, Price entrevistó al doctor Josef Romig, un cirujano que trabajó durante treinta y seis años entre pueblos nativos tradicionales y asimilados en Alaska. “El cáncer era desconocido” entre las poblaciones tradicionales. “Nunca vio ni un solo caso”. Cuando adoptaban los alimentos de los civilizados —harina, azúcar, aceite vegetal—“se volvía frecuente.”125 Cuando un integrante de las comunidades asimiladas contraía tuberculosis, Romig le recetaba que regresara a “su modo de vida nativo y a su dieta nativa, rica en nutrientes.”126 Por lo general, la tuberculosis era fatal entre quienes consumían los alimentos de la civilización, pero solía curarse en aquellos que regresaban a su dieta nativa”. Tal dieta consistía de “ballena, caribú, buey almizclero, liebre ártica, perdiz nival , morsa, foca, oso polar, gaviotas, gansos, patos, alcas y peces, todos los cuales se consumían a menudo, aunque no siempre, crudos y fermentados.”127 También comían generosas cantidades de salmones y huevas.

Las vísceras de grandes mamíferos terrestres también se consumían crudas. Los alimentos vegetales que se consumían con mayor frecuencia eran hierbas de la familia de la acedera y capullos florales conservados en aceite de foca y el contenido fermentado del estómago del caribú.

Los componentes crudos de estas grasas son críticos. El metabolismo de las grasas cocidas resulta en subproductos llamados cuerpos cetónicos. Una cantidad elevada de cuerpos cetónicos en sangre y orina indica un estado conocido como cetosis. Los niveles de cuerpos cétonicos de las personas que consumen dietas bajas en carbohidratos como la dieta Atkins son una inagotable fuente de controversia. Si los detractores de los bajos carbohidratos, tanto los de los medios como los de la profesión médica, supieran un poco más de biología, cambiarían de idea. El periodista Gary Taubes entrevistó a expertos en cetosis para un artículo pionero que publicó en el New York Times, titulado “What If It’s All Been a Big Fat Lie?” [“¿Y si todo era una mentira muy gorda?”]. Los expertos “respaldaron a Atkins de forma unánime, y sugirieron que tal vez lo que pasa es que tanto la comunidad médica como los periodistas confunden cetosis con cetoacidosis, una variante de la cetosis que se da en los diabéticos que no se tratan y que puede ser fatal.” La cetosis es un estado perfectamente natural. Evolucionamos para almacenar grasa cuando disponemos de mucha y quemarla cuando el alimento escasea. “Las cetonas no son un veneno, como gusta de afirmar la prensa, sino que contribuyen a que el cuerpo funcione con más eficiencia, además de proveer una fuente alternativa de combustible para el cerebro” explica Taubes. Un experto “demostró que tanto el cerebro como el corazón funcionan de manera más eficiente a base de cetona que con el azúcar de la sangre.”128 Lo cual hace pensar si no serán el combustible para el que estamos diseñados.

Pero lo que es aun más interesante es que en los estudios de pueblos indígenas, que en esencia no comen nada más que proteína y grasa, “no se han encontrado ni rastros de cetosis. Estos pueblos nativos metabolizaban por completo las grasas de su dieta alta en grasa y proteínas, porque muchas de esas grasas se consumían crudas. Ello no es sorprendente, pues la lipasa [una enzima para la digestión de las grasas] se encuentra en altas concentraciones en las grasas naturales crudas.”129 Los humanos comen alimentos cocidos desde hace 200 000 años, apenas un parpadeo en términos de evolución. Los integrantes de nuestra especie que recuerdan el valor de las grasas crudas, que mantienen intactas sus enzimas y vitaminas, son quienes mantuvieron impoluto el patrón humano básico. Cuando Price les preguntó a integrantes de los grupos inmunes por qué comían lo que comían, la respuesta siempre fue la misma: “Para hacer bebés perfectos.”130″

17/12/12

CUARTO FRAGMENTO: el sábado buscamos los primeros 57 libros y para celebrar subimos otro párrafo (aviso que es largo !), dedicado a la agricultura :

“¿Y qué decir de los sistemas de siembra directa? Son efectivos a la hora de minimizar la pérdida de humus. Pero para limpiar la tierra, se sustituye el arado por herbicidas. Creo que no hace falta que explique por qué fumigar continentes enteros con veneno no es buena idea.

Les contaré como se hace para llevar adelante una agricultura sin animales, origen de la dieta de base vegetal que se supone que defiende la vida y es justiciera. Primero, ocupas un territorio que le pertenece a otro, pues la historia de la agricultura es también la del imperialismo. Después, destruyes por medios mecánicos o con fuego toda la vida que encuentres ahí: árboles, hierbas, humedales. Este paso incluye la destrucción de toda forma de vida, grande o pequeña: bisontes, lobos grises, fumareles. Un muy pequeño puñado de especies —ratones, langostas— se las arreglarán, pero todos los demás se deben ir. A continuación, siembras tu monocultivo anual. Al principio, tus granos y porotos funcionarán muy bien, pues se alimentarán de la materia orgánica dejada por los ahora muertos bosques o praderas. Pero, como cualquier criatura hambreada, el suelo terminará por comerse sus reservas hasta no dejar nada. Ni materia orgánica, ni actividad biológica. Cuando tus rendimientos —y por lo tanto tu provisión de alimentos— comiencen a mermar, tendrás dos opciones. Apoderarte de otra extensión de tierra o aplicar algún fertilizante. Como los libros, suplicantes y polémicos, afirman que los productos de origen animal son intrínsecamente opresivos y no-sustentables, no podrás usar estiércol, harina de huesos ni sangre en polvo. De modo que agregas nitrógeno sacado de combustibles fósiles. ¿Hace falta que aclare que es imposible que tú lo produzcas, que la producción de estos compuestos es un pesadilla desde el punto de vista ecológico y que un día petróleo y gas se terminarán?

Tendrás que sacar tu fósforo de las rocas. Hay una razón para la imagen popular que equipara el trabajo forzado en las prisiones con el picado de piedras. ¿Cómo harás para excavarlas, molerlas o transportarlas sin combustible fósil, solo a fuerza de músculos humanos y sin esclavitud? En cuanto al potasio, junta la ceniza de madera que puedas, siembra algún cultivo de cobertura y mantén la esperanza de que todo salga bien. A todo esto, la tierra se está volviendo polvo; enturbia los ríos y vuela por todo el continente. En 1934, todo el litoral marítimo oriental de los Estados Unidos fue cubierto por una densa nube marrón. Era el humus de Oklahoma, labrada para producir algodón y trigo, que, como un fantasma furioso, flotaba en el aire, cubriendo ciudades y volando sobre las aguas hasta llegar a barcos que navegaban a cientos de kilómetros de la costa. Un perfecto tributo a las economías extractivas de la humanidad civilizada.59 Así es como termina la agricultura: en la muerte. Los árboles, hierbas, aves y bestias se fueron y con ellos la fértil capa de humus. Más de lo mismo no es una solución.

Mi vida como vegana era de lo más simple. Creía que la muerte estaba mal y que podía ser evitada rechazando los productos de origen animal. Mi certidumbre moral resultó bastante vapuleada durante esos años, en particular cuando comencé a producir mi propio alimento. Las hormigas se detenían para acariciarse unas a otras, las mariposas les mostraban a sus crías las hileras de flores de donde obtener néctar. Aunque no lo hacía adrede, mi actividad hortícola las mataba. Y eran como yo. Compartíamos los genes que produjeron nuestros ojos y extremidades, nuestros corazones mismos.112 Desde el momento en que mi cuerpo estuvo al aire libre y mis manos en la tierra, es decir, cuando pude ver de verdad a los insectos, discerní su temor, su curiosidad, su valentía, su amor. “Cada uno de estos diminutos insectos es, por definición, un ser animado, una criatura provista de ánima, de alma: desde luego que no un alma humana, pero sí un alma de insecto, una cosa de belleza maravillosa que expresa algún aspecto de lo Divino” escribe Thomas Berry.113 Vi eso. Vi y entendí que, al matarlos, mataba a alguien que cuenta. En su infancia, Abraham Lincoln no permitía que los demás niños aplastasen a las hormigas del patio de la escuela, “alegando que, para la hormiga, su vida era tan dulce como para nosotros la nuestra”114. No es de extrañar que ese niño, al crecer, haya firmado la Proclamación de la Emancipación. Podía incluir hasta al más pequeño de nosotros —a los diminutos, a los de patas múltiples, a los sin voz— en su círculo de compasión. En comparación a eso, las variedades de pigmentación humana ni cuentan. Los insectos aman sus vidas; eso fue lo que vi cuando por fin observé. Y algunos tenían que morir para que yo viva.

Este es el conocimiento—la sabiduría— que tendremos que recordar si albergamos la más mínima esperanza de crear una cultura sustentable. El modelo mecanicista que considera que la tierra es “una bola de recursos habitada por seres humanos que vuela por el espacio”141 ha producido un planeta de zonas muertas, desiertos y especies —nuestros parientes, nuestros hermanos— extinguidas. Los vegetarianos morales han demostrado su disposición a tomar riesgos éticos y a hacer sacrificios personales. Tienen una intensa y perdurable pasión por la justicia, por los animales, por el planeta. Sé cuán intensa y cuán perdurable, pues esa pasión también arde en mí en un instinto tan fuerte como el que lleva a los salmones río arriba. No cuestiono el compromiso ni la ética de los vegetarianos. Pero en última instancia, la ética vegetariana es una variante del modelo mecanicista. No hace más que extender su moralidad, sea humanista o religiosa, a los pocos animales que se nos parecen. El resto del mundo —esos miles de millones de entidades vivientes, conscientes, comunicantes que producen el oxígeno y el suelo, la lluvia y la biomasa— no cuentan. Hacen la vida y son la vida; y sin embargo, la ética vegetariana decreta que ellos, y por ende el resto del mundo, son materia inerte. A pesar de los irreprochables anhelos vegetarianos por crear una cultura lozana de justicia y compasión, su ética es parte del paradigma que está destruyendo el mundo.

¿Dónde trazar la línea? Esa era mi pregunta, mi tormento personal, político y espiritual. Mamíferos, peces, insectos, plantas, plancton, bacterias… el más pequeño de nosotros ¿pertenecía al “nosotros”? Y si de un “qué” pasaba a ser un “quién” ¿qué podía, entonces, comer yo?

Por fin, tengo la respuesta. No voy a trazar una línea. Voy a
trazar un círculo.

Es muy simple; tanto, en realidad, como mi filosofía vegana. Necesitamos ser parte del mundo para comprenderlo. Y cuando nos unimos a él, cuando participamos, nos damos cuenta de que la vida y la muerte, como la noche y el día, son inseparables. Miraré de frente a quien muera para alimentarme y haré cuanto pueda por asegurarme de que se trate de individuos —cuidados y respetados— no de especies enteras; de que la tierra, que nuestros antecesores tardaron quinientos millones de años en producir sea renovada, no destruida; de que los ríos conserven sus aguas y humedales y de que el petróleo permanezca bajo tierra. Solo entonces podré aspirar al título de “adulto”. El círculo deviene espiral que cruza tiempo y espacio, nuestros otros socios en este proyecto cósmico. Pero hasta un espiral es demasiado singular. La vida, el modo en que es creada y sustentada, es profunda, enormemente más compleja de lo que el cerebro humano jamás podrá llegar a comprender. Así que el espiral debe ramificarse una y otra vez en fractales de contacto, comunicación y respuesta hasta convertirse en red. Pero las redes son estáticas, y la vida cambia. Cada vida individual, preciosa para su portador, comenzará y terminará tal como lo hacen las de cada especie, cada montaña, cada estrella. Y en última instancia, esa línea tampoco será red, sino flujo, un río viviente. Nosotros somos los navegantes que surcan su superficie a la espera de que los peces nos coman, llevándonos de regreso a casa.”

12/12/12

TERCER FRAGMENTO: no me es difícil elegir fragmentos, si es difícil elegir cuando cortar la cita. Repito: ES UN LIBRO MARAVILLOSO…….

“…..yo no era la única que comía. Las plantas también tenían hambre. Por no hablar de la tierra. Alimenta a la tierra, instaban los libros de horticultura. ¿Así que la tierra come? Y ¿qué era la tierra? ¿Estaba viva?

Una cucharada de tierra contiene más de un millón de organismos vivientes y sí, todos ellos comen. La tierra no es solo polvo. Un metro cuadrado de humus puede contener hasta mil especies de animales.10 En esa área pueden llegar a morar 120 millones de nematodos, 100000 ácaros, 45000 colémbolos, 20000 lombrices de tierra, 10000 moluscos.11

Todas esas criaturas minúsculas viven en el humus o cerca de él. El humus es una combinación de ácido húmico y polisacáridos. “Nadie sabe cómo se forma el ácido húmico; sí que una vez formado, actúa como una sustancia viviente” escribe Stephen Harrod Bruhner.12 Más vida. ¿Hasta dónde debía cavar yo para dejar de encontrar criaturas vivas? Porque si había algo vivo, yo no podía matarlo. Leí que “animales muy pequeños pueden vivir una existencia básicamente acuática en la tierra, en el agua que se adhiere a las motas de polvo”.13 Bajo mis pies había todo un mundo, un mundo que hasta tenía océano propio. Un mundo en el cual el verdadero trabajo de la vida —producir y degradar— estaba siendo llevado a cabo. Los animales como yo éramos meros consumidores que aprovechábamos la labor de otros. Yo no podía sintetizar —es decir, convertir la luz solar en materia— ni tampoco reconvertir esa materia en carbono y minerales. Ellos sí que podían, y lo hacían. Y eso es lo que hacía posible la vida. Me sentí insignificante.

Pero yo había construido todo mi sentido moral, y también mi identidad, sobre la idea de que mi vida no requería de muerte. Cuanto más aprendía, más preguntas me veía obligada a ignorar. Es que las respuestas habrían hecho tambalearse esa construcción ética que, creía yo, equivalía a mirar a la verdad de frente. ¿Importaba la vida de hongos y nematodos? ¿Por qué no? ¿Porque eran demasiado pequeños como para que yo los viera? ¿Porque se encontraban del otro lado de una frontera conceptual que separaba a los “nosotros” de los “ellos”? Pero se suponía que yo era uno de los valientes que se negaban a trazar tal frontera, que no ponía a los humanos por encima de los animales, que veneraba a la naturaleza y a todas las criaturas que Le (sí, con mayúscula) pertenecían.

Pero este concepto solo incluía a los seres que se me asemejaban en aspectos muy específicos. Me fui dando cuenta de todo esto en pequeños destellos; cada nuevo fragmento de información se encendía y apagaba como una luciérnaga. Esos instantes de luz me señalaban la entrada de un bosque oscuro al que me resistía a ingresar. En vez, insistía en volcarme a lo que ya sabía, al rosario de estadísticas que era al mismo tiempo penitencia y protección: los kilos de cereal, los litros de agua, las barrigas vacías. Yo estaba del lado de la justicia y, como todo fundamentalista, solo podía permanecer allí si elegía ignorar la información.

Bien, pues; el ácido húmico —criatura misteriosa y muy viviente— descompone los elementos vegetales y los almacena en su interior. Cuando su medio ambiente le transmite las señales indicadas, se recombina y libera los nutrientes adecuados.

“Mediante procesos de información interdependiente y extremadamente precisa acerca de las reservas químicas que tiene almacenadas, el ácido húmico alimenta a las comunidades vegetales que sustenta, haciéndoles saber qué plantas deben crecer en qué combinaciones y en qué ecosistema y que elementos químicos deben producir para mantener la salud de la tierra”.14

La tierra no era una sola cosa; era un millón de cosas, todas vivas. Sus procesos vitales —comer, excretar, excavar, comunicarse, intercambiar— eran lo que volvía habitable al resto del planeta. Descomponían la materia muerta proveniente de plantas, animales, hongos y bacterias y hacían que sus elementos constitutivos se volviesen disponibles para formar nuevas vidas. Steven Stoll escribe que el humus “es a la vez filtro y recipiente, una masa integrada de materia micro y macro, una sustancia viviente que no puede ser comprendida mediante la reducción. Su forma final contiene tantos integrantes y relaciones simbióticas que es, en palabras del científico especializado en suelos Nyle Brady  la génesis de un cuerpo natural distinto de los materiales constitutivos que conformaron tal cuerpo.”15

“Alimenta al suelo, no a la planta” era el primer mandamiento del método de cultivo orgánico. Yo tenía que alimentar al suelo porque el suelo estaba vivo.

Nitrógeno, fósforo, potasio —NPK— son la Triple Diosa de los horticultores, la troika de elementos que rigen el crecimiento vegetal. ¿Qué comían tierra y plantas, y de dónde iba a sacar yo esas sustancias? Aún no había aprendido el término “circuito cerrado”, pero eso era lo que buscaba. Lo más importante era el nitrógeno. Hay plantas que fijan el nitrógeno. ¿No alcanzaba eso para mi huerta? ¿No era ello posible? Rogaba porque así fuera. Pero les estaba rogando a un millón de criaturas vivientes que habían organizado un sistema de dependencia mutua hacía millones de años. Mi angustia ética no significaba nada para ellas. Ninguna planta fijadora de nitrógeno podía compensar todos los nutrientes que yo estaba quitando. El suelo quiere estiércol. Peor aún, quiere lo inconcebible: sangre y huesos.

Yo podría haber recurrido a otras fuentes de nitrógeno. En la actualidad, los combustibles fósiles proveen el nitrógeno que alimenta a los cultivos de todo el mundo. La revolución verde, que permitió aumentar los rendimientos agrícolas en un 250 %, es un producto de los fertilizantes sintéticos. Al margen de que nada hecho con combustibles fósiles es sustentable —no se reproducen ni podemos cultivarlos— los fertilizantes sintéticos terminan por destruir el suelo.

De modo que el nitrógeno sintético estaba fuera de la cuestión. Lo cual me dejaba los productos de origen animal. Claro, lo irónico es que ambas fuentes de nitrógeno, la sintética y la orgánica, son de origen animal. El petróleo y el gas son lo que queda de los dinosaurios. Así que mis opciones —o mejor dicho nuestras opciones— eran nitrógeno proveniente de reptiles muertos o de rumiantes vivos.

Yo no quería comer animales; mi huerta, sí.”

10/12/12

SEGUNDO FRAGMENTO: después vamos a subir la segunda parte de colesterol, pero ahora queremos darles la primer parte del primer capítulo: “¿Por qué este libro?”. Sabemos que es largo, pero es la declaración de principios de Lierre, y es una belleza……:

“Este no fue un libro fácil de escribir. Para muchos de ustedes, no será fácil de leer. Lo sé. Fui vegana durante casi veinte años. Sé qué razones me impulsaron a practicar una dieta extrema y sé que eran honorables, nobles, incluso. Razones como la justicia, la compasión y un anhelo desesperado y generalizado de arreglar el mundo. Salvar el planeta; los últimos árboles, testigos de edades, los remanentes de naturaleza, que siguen nutriendo a especies que, con sus plumas y pieles, se van en silencio. Proteger a los vulnerables, a los que no tienen voz. Alimentar a los hambrientos. Como mínimo, negarse a participar del horror de la cría industrializada.

Estas pasiones políticas nacieron de un hambre tan profundo que linda con lo espiritual. O para mí así fue, así sigue siendo. Quiero que mi vida sea un grito de batalla, una zona de guerra, una flecha apuntada y lanzada al corazón de la dominación: el patriarcado, el imperialismo, la industrialización, todo sistema de poder y de sadismo. Si la imaginería marcial te desagrada, puedo decirlo de otra manera. Quiero que mi vida —mi cuerpo— sea un lugar donde la tierra sea amada, no devorada; donde no haya lugar para el sádico; donde la violencia se detenga. Y quiero que el comer —lo primero entre aquello que nos nutre— sea un acto que ayude a vivir, no a matar.

Este libro fue escrito para exponer esas pasiones, esa hambre. No es un intento de mofarse del concepto de los derechos del animal o de burlarse de aquellos que quieren un mundo más amable. Es un intento de honrar nuestros más profundos anhelos de un mundo mejor. Y esos anhelos —de compasión, de sustentabilidad, de una distribución equitativa de los recursos— no pueden ser llevados a cabo mediante la filosofía o la práctica del vegetarianismo. Se nos ha hecho errar el camino. Los flautistas de Hamelín del vegetarianismo tienen las mejores intenciones. Afirmo ahora lo que repetiré más adelante: todo lo que dicen acerca de la crianza industrializada de animales para consumo humano es cierto. Es cruel, dispendiosa y destructiva. En este libro no hay nada que excuse ni defienda las prácticas de producción industrial de alimento en ningún nivel.

Pero el primer error de estos teóricos es dar por sentado que la cría industrializada —una práctica que apenas si lleva cincuenta años—
es la única manera de criar animales. Sus cálculos acerca de la energía que aquella emplea, las calorías que consume, los humanos a los que priva de alimentos, se basan en el postulado de que los animales comen grano.

Se puede alimentar a los animales con granos, pero esa no es la dieta para la que fueron diseñados. Los cereales no existieron hasta que los humanos domesticaron los pastos anuales hace, como mucho, 12 000 años; para entonces, los uros, progenitores silvestres de la vaca doméstica, ya existían desde hacía dos millones de años. Durante la mayor parte de la historia humana, los herbívoros no compitieron con nosotros. Comían lo que nosotros no podemos comer —celulosa— y lo transformaban en lo que sí podemos comer: proteína y grasa. Los granos aumentan de manera espectacular la tasa de crecimiento del ganado destinado al consumo (lo de “alimentado a grano” tiene su razón de ser) y la producción de leche de las vacas lecheras. Pero los granos también matan a estos animales. El delicado equilibro bacteriano del rumen de la vaca se acidifica y pudre. Los pollos sufren de degeneración grasa del hígado si se los alimenta solo a grano, y lo cierto es que no necesitan de granos para vivir. Y ovejas y cabras, también rumiantes, en realidad no deberían consumir cereales jamás.

Este malentendido nace de la ignorancia, una ignorancia que se manifiesta en todas las afirmaciones del mito vegetariano, desde las que hacen a la naturaleza de la agricultura hasta las vinculadas a la naturaleza de la vida. Somos producto de la urbe y de la industrialización y no conocemos el origen de lo que comemos. Esto incluye a los vegetarianos, por más que ellos lo nieguen. También me incluyó a mí durante veinte años. Todo aquel que comía carne vivía en estado de negación; solo yo enfrentaba los hechos. Es cierto que la mayor parte de las personas que comen carne producida industrialmente nunca se preguntan qué murió o cómo murió. Pero para ser franca, tampoco lo hacen la mayor parte de los vegetarianos.

La verdad es que la agricultura es la más destructiva de las cosas que los humanos han hecho con el planeta; más de lo mismo no nos va a salvar. La verdad es que la agricultura requiere de la destrucción generalizada de ecosistemas enteros. Y también es verdad que la vida sin muerte no es posible, que, comas lo que comas, alguien tiene que morir para que te alimentes.

Lo que quiero es una rendición de cuentas total, una rendición que vaya mucho más allá de tomar conciencia de aquello que, muerto, ocupa tu plato. Me pregunto por todo lo que murió en el proceso, por todo lo que fue matado para que ese alimento llegue a tu plato. Esa es la pregunta más radical, la única pregunta que permitirá llegar a la verdad. ¿Cuántos ríos fueron represados y drenados, cuántas praderas aradas, cuántos bosques talados, cuánta tierra fértil convertida en polvo y desaparecida como un fantasma? Quiero saber acerca de todas las especies —no solo de los individuos, sino la especie entera— del lince, del bisonte, de los gorriones nativos, de los lobos grises. Y no solo quiero saber cuántos murieron y se fueron. Quiero que regresen.

A pesar de lo que te dicen, y a pesar de la convicción de quienes lo dicen, comer porotos de soja no los traerá de vuelta. El 98 % de la pradera de los Estados Unidos ha desaparecido, reemplazada por monocultivos de granos anuales. En Canadá, la labranza ha destruido el 99 % del humus original. De hecho, la desaparición de la capa fértil “rivaliza con el calentamiento global en tanto amenaza ambiental”. Cuando el bosque pluvial desaparece para dar paso a la producción de carne, los progresistas se indignan, toman conciencia, boicotean. Pero nuestro apego al mito vegetariano nos deja incómodos, silenciosos y, en última instancia, inmóviles cuando el culpable es el trigo y la víctima la pradera. Para muchos, fue un artículo de fe creer que el vegetarianismo era el camino de la salvación para nosotros y para el planeta. ¿Cómo iba a ser posible que, al mismo tiempo, estuviera destruyendo a ambos?

Tenemos que estar dispuestos a enfrentar la respuesta. Lo que asoma entre las sombras de nuestra ignorancia y nuestro estado de negación es una crítica de la civilización misma. Puede que el punto de partida sea lo que comemos, pero el final es toda una forma de vida, el reparto del poder global, y una medida no pequeña de apego personal a estos.”

5/12/12

Hoy comenzamos a subir fragmentos, párrafos del libro para que vayan tomando contacto con él.

PRIMER FRAGMENTO: SOBRE EL COLESTEROL

“Recuerda que el 80 % del colesterol de tu sangre fue elaborado por tu cuerpo. Solo el 20 % se origina en tus elecciones alimentarias. Tu cuerpo sabe cuál debe ser tu nivel de colesterol. Puede que a veces sea engañado —por la insulina, por ejemplo— pero ajustará su producción basándose en lo que ingieras. Si comes más colesterol, producirá menos. Un metaanálisis de ciento sesenta y siete —repito: ciento-sesenta-y-siete— experimentos respecto a la administración de colesterol por vía alimentaria concluyó que los efectos del aumento del colesterol dietario sobre el colesterol en sangre son insignificantes, y que no tienen relación alguna con la enfermedad cardíaca coronaria (ECC). 47  (….)

Antes de que prosigamos ¿tienes siquiera idea de qué es el colesterol?

Esta sustancia buena pero desprestigiada es necesaria para formar cada una de las células de tu cuerpo, sobre todo aquellas que te hacen humano. Técnicamente, el colesterol es un esterol, no una grasa. Una de las funciones principales de tu hígado es producir colesterol. No es que tu hígado quiera matarte, lo hace porque la vida no es posible sin colesterol. Bajos niveles de colesterol bien pueden llevar a la muerte. El incremento de la mortalidad debido al colesterol bajo es lo suficientemente serio como para que el Instituto Nacional del Corazón, Pulmón y Sangre, dependiente de los Institutos Nacionales de Salud haya organizado una conferencia para exponer los hallazgos de distintos investigadores del tema. 48 “Se presentó evidencia de una multitud de fuentes que vinculaba los bajos niveles de colesterol al aumento de diversos cánceres, accidente vascular, trastornos respiratorio y digestivos y muerte violenta”, resume Colpo. 49 En Francia, un estudio de 6000 hombres de más de diecisiete años mostró que aquellos con bajo colesterol eran los que tenían más riesgo de cáncer. 50 ¿Y qué decir de aquellos pacientes que sufrieron ataques cardíacos cuyo riesgo de muerte se duplicaba cuando tenían bajos niveles de colesterol? 51 Hay mucho más, pero nada de ello tendrá sentido hasta que entiendas que el colesterol es una sustancia que hace posible la vida, no un asesino escondido en tu sangre.

El colesterol tiene una propiedad especial que desempeña un papel esencial en los cuerpos de los animales: no se disuelve en agua. Nuestro ambiente interno es líquido. Es por ello que las membranas celulares deben ser estables en lo estructural. Sin colesterol seríamos charcos, no animales. Además, las membranas celulares deben ser impermeables. Ello es particularmente necesario para las células del sistema nervioso, incluyendo al cerebro, y es por eso que allí encontrarás más colesterol que en ninguna otra parte del cuerpo.

El colesterol también es la sustancia reparadora básica del cuerpo. En particular, la integridad de las paredes intestinales depende de él. Y el colesterol tiene propiedades antioxidantes que mantienen a raya a los radicales libres, causantes del cáncer. Para finalizar: todas tus hormonas, incluidas las sexuales, están hechas de colesterol.

¿Te parece algo muy malo?”

7 Respuestas a “FRAGMENTOS

  1. ANA

    EXCELENTE!!!!!!!!!!

  2. Vaya enocntré esto despues de tanto buscar información veraz sobre el tema. Realmente es dificil, y el internet esta plagado de falsa informacion y de textos pro-vegetarianos. Obvio que los médicos no lo apoyan, pero nunca he confiado en medicos y estuve buscando hechos científicos sobre el tema y he quedado satisfecho con esto. Eso sí comer equilibrado y no excederse, y saber que las carnes ahora, gracias al su ficticia aliemntacion por maíz y trigo, es peligrosa en esencia, pero comer carnes de pastoreo, como aquí en mi país (Costa Rica) que aún existe… todo lo demás es una tremenda trajedia, estamos en los albores del fin de nuestra especie y parece que la mayoría no se ha percatado… Gracias por la info, y buscaré el libro, me interesa mucho. Saludos!

    • Gracias por tu comentario ! Sí, el libro es super lúcido y maravilloso en su contenido. A mi, vegetariano 26 años, me revolucionó la vida, para bien. Por eso me decidí a editarlo para el mundo de habla hispana. Para que este material estuviese disponible; y que quienes podían beneficiarse del mismo, pudiesen acercarse al mismo. Saludos !

    • Que bueno lo que dices Leó. Si, es así. Ahora es moda, tendencia lo vegetariano. Pero es más una tendencia de slogans y un fenómeno de ciudades, que una práctica basada en verdades científicamente comprobadas. Si puedes leer el libro completo te deleitará y pondrá muchas cosas en su lugar….en lo nutricional, en lo medioambiental, en lo político. Es pura lucidez este texto. Saludos desde Argentina !

  3. Cris

    Excelente, felicitaciones..!!! Fuí vegetariano. Afortunadamente por poco tiempo, o más bien el suficiente para percatarme del daño que causó a mi salud. Ya todo está corregido. Abrazo.

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